(1) ¿morir de domingo?


“Un día me voy a morir de domingo”.
Esa frase ha salido de mi boca muchas veces a lo largo de mi vida.

Los que me conocen saben que los domingos no son precisamente mis días predilectos.
Es una tristeza asociada a ese día que me acompaña desde siempre y que nunca he logrado disipar. Un resorte que salta de forma tan automática como absurda en mi espíritu, una transición anti-natura de arcoiris a lluvia al pasar del día 6 al 7.

Siendo justos, hubo un tiempo en el que los domingos se presentaban luminosos.
Existía una regla no escrita por la que los viernes y sábados se dedicaban a los amigos. Bendito “engorilamiento” en danza tribal tan genial a la que nos dedicamos en la adolescencia junto a nuestros colegas; sin duda uno de los momentos vitales de mayor energía de los que podemos encontrarnos a lo largo de nuestra existencia.
Pues bien, en esa coyuntura político-social que relato, los domingos se dedicaban (chan-chan chan-chan) a… “las chicas” (uuuuuuhhhh palabras mayores). Si por una merced divina, había una chica que te había hecho casito y había accedido a quedar contigo el domingo, se abrían los cielos (gloria in excelsis deo) y ese día se convertía en el paraíso.
Imposible poner en palabras esos paseos por calles y parques cogidos de la mano, rubor, sonrisas cómplices y mucha táctica. Ríete de los generales y sus estrategias cuando tu única batalla a librar es conseguir que os sentéis en un banco (o quizás portal) y centímetro a centímetro acercarte a esos labios que te hacen sudar de ansiedad. Esos labios cual sirenas, ciegan tus sentidos hasta que por fin el mundo se abre en dos cuando los rozan. Que tire la primera piedra el que no haya vivido esto.
La vida merece la pena por millones de razones, pero son esos besos adolescentes, tan increíblemente torpes como excesivamente largos, la dulzura extrema concentrada en una cucharada de aquella leche condensada que robábamos del bote de latón.

Después llega la vida y sus lunes, sus heridas, sus tiritas. Todo cambia y los días de la semana entran en el pack. La leche condensada deja de gustarnos y quizás comenzamos a tomar café, vino, bebidas amargas, sonrisas diferentes, sueños con silenciador.
Aclarando que a pesar de lo dicho la vida me parece fantástica, maravillosa, lo digo de corazón y con sonrisa, sin añadir ningún pero (que leches, tacho el pero)

Morir de domingo es algo mucho más amplio que una sensación y un día de la semana. Se trata de ese freno de mano (viene de serie) que nos ancla al suelo, nos impide desplegar alas. Esa extraña desconfianza de lo bueno, los logros, los premios, algarabía, luz excesiva; miedo, puro miedo. A los “lunes” y a la madre que parió a lo “finito”.

Morir de domingo me ha acompañado ya muchos años y ahora se ha convertido en musa, en acicate para intentar plasmar por escrito un montón de “domingadas” que han forjado mi ser.

Morir de domingo ya es libre.


Morir de domingo

Amanecer tardío, perezoso y lento.

En el búnker reina la desesperanza.

Vértigo en el precipicio de hoy

caída y muerte vendrán mañana.

 

Desconcertado esclavo, descansa.

Hoy puedes darte a ocio y rezo.

Pero noticias del fin, que está cerca,

mantienen el veto al sueño.

 

Vivir la víspera con efervescencia

Evadirse desplegando alas

O velar armas en silencio

quedando inmóvil, esperando la batalla.

 

Si por un momento aquí te tuviera

te apretaría fuerte, te respiraría.

Yacer contigo alteraría el cosmos

cambiaría de rumbo la historia.

 

Arrinconaría esta absurda tristeza,

desaparecería el falso vacío.

Y el instante ya no sería tiempo

sería vida, sueño, infinito.

 

             .jans.