(16) Oleaje

Inmerso en este bellísimo universo de agua salada, respirando su aroma, sintiendo el frescor que invade la piel. Dando brazadas para mantenerte a flote, para avanzar hacia el horizonte que desde ese otro extremo interroga, casi reta. Ya no recuerdas la razón por la que estás aquí, nadando en mitad de la nada.

El oleaje te sorprende sin previo aviso, aunque estando en el mar la inquietud de su llegada es algo inherente que habita dentro ti. Llega con desatada furia, con esa fuerza irracional que destroza todo a su paso, que se olvida de todas las brazadas que te han mantenido a flote, de todo lo que has nadado hasta ese instante. Pretende establecer un orden nuevo y para ello necesita desmembrar todo lo anterior, cuestionarlo y vilipendiarlo, hasta que consigue tornarlo lánguido y deforme como un alga, comenzando su lento vagar lejos de ti.

El oleaje se detiene de pronto, dando un respiro en forma de salvadora bocanada de aire con renovado frescor. Un proceso de evaluación de daños que te muestra la situación desde la calma de ese foco externo, que permite relativizar el fragor de la batalla que acaba de asolar los campos. Como si fuese una indiscreta cámara que te muestra a ti mismo vacío y quieto en mitad de la nada, con el horizonte a lo lejos y la orilla a tu espalda. Trémulos trozos de alga se esparcen a tu alrededor, flotando inertes mientras se alejan para siempre de tu interior, donde nacieron y vivieron hasta hace unos segundos. Intentas cuantificar si son pocos o muchos los fugitivos, si queda alguien dentro de la casa en llamas a quien poder salvar.

Pero la vida aquí pende de un hilo, por lo que retomas al mismo tiempo el braceo que te mantiene en marcha y el pensamiento profundo, pesado como un ancla. La calma que se vive ahora sobre las aguas te permite sentir todo aquello, y es mucho, que aún queda dentro de ti. Encontrarle sentido atraído por todos los recuerdos y emociones que esconde.

Y allí, en mitad de ese océano que hace unos instantes te parecía salvajemente gélido, te permites esbozar una sonrisa. Vuelves a encontrar la razón por la que mantienes rumbo al infinito, la causa por la que abandonaste esa orilla plagada de fina arena, calma y reconfortante sombra, agua para saciar tu sed. En ausencia de firme timón las renovadas fuerzas hacen de testaferro y deciden continuar hacia adelante, aceptando el guante del retador horizonte, que por un instante abandona esa sonrisa burlona y se torna más severo.

Regreso al lento y torpe nadar, pues aunque nunca tomaste clases para ello, otras veces te has hallado en esta situación, dando brazadas a ritmo de metrónomo. Reflexionas sobre la experiencia. Que por un lado te hace saber nadar con mayor pericia, pero por otro te recuerda que es bastante factible fracasar en el intento y tener que dejarlo para otra ocasión, como ocurre con una cada vez mayor sospechosa frecuencia.

La siguiente fase de oleaje te sorprende cuando ese último juvenil empuje te había permitido avanzar bastantes metros sumido en pensamientos internos. Eclosión, incendio acuoso, desastre por doquier, títere en manos ajenas. De nuevo tratar de salvar el pellejo, que no te arrastre hacia abajo, respirar, flotar, respirar, flotar. ¡Respirar y flotar!

Cuando abres los ojos notas que esta vez los trozos de alga que se esparcen a tu alrededor son de mayor tamaño y tienen una alarmante falta de verdor. Has sentido el doloroso momento en el que han salido despedidos de lo más profundo de tu interior a través de tu boca, en una de esas veces en las que, cometiendo el clásico error de principiante de abrir la boca en demasía, has tragado agua y los has regurgitado, perdido para siempre. En contra de lo que pudiera afirmar la lógica, perder todo eso no te hace más liviano, ni te ayuda a flotar, todo lo contrario. Te sientes más torpe y pesado, sintiendo cómo los músculos comienzan a dejar de responder.

Nueva fase de calma que pinta grisáceo el cielo, y aunque no amenaza tormenta si que deja el ambiente con un regusto terriblemente triste. No tienes conciencia de haberlo hecho, por eso te sorprendes sobremanera cuando observas tu rumbo, tierra a la vista. El horizonte queda ahora a tu espalda y tu propio espíritu es el que guía el timón hacia la orilla.

Sientes que tienes que hacerlo ya, iniciar tu regreso. Volver sano y salvo antes de que el mar te atrape para siempre. Ahora te sientes convencido de ello. Necesitas regresar y descansar un poco. Vas a reponer fuerzas y quizás más adelante puedas volver a establecer rumbo al horizonte. Pero hoy no, no te quedan fuerzas. Echas un último vistazo a tu alrededor para despedirte de esos trozos de alga que se alejan. La tristeza invade tu mirada porque esos fragmentos fueron tan profundamente tuyos y, con la infinita belleza que escondían, los motivos que te hicieron salir a nadar.

El estilo ha dejado de ser académico y casi se asemeja más al de un animal flotando con el hocico fuera del agua. Cuentas los segundos para poder besar la arena, para poder descansar tras los últimos embates. Profundamente triste pero ilusionado. Consciente de lo ilógico que es sentir esperanza en la retirada, la sientes muy dentro de ti.

 

.jans.

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