(21) Magnicidio

Ha gritado mucho, jamás pensé que fuera a hacerlo con semejante ímpetu. Como si de pronto hubiese comprendido su destino y el veredicto dependiese de la furia con la que chillar y golpear la madera, con pies y unas manos que hunden los puños en la barrera que separa sombra de luz. Poco a poco el frenesí va perdiendo fuelle, la rítmica se vuelve absurda y simula los espasmos del ahorcado que se bambolea bajo la rama del árbol.

Apenas unas horas desde que perpetré el magnicidio. Con falso disfraz de frialdad y fuego calentando la sangre, me he limitado a terminar el trabajo. Poner tierra sobre tierra, aplanar hasta igualar con el resto del terreno, eliminando cualquier sospecha, colocando un manto de normalidad sobre algo tremendamente anómalo.

El sonido del golpeteo de los hielos en el vaso me retorna a la consciencia que se había perdido durante quién sabe cuánto tiempo. Sabor amargo de un líquido que desciende ardiendo por la garganta, mientras el recuerdo del horror de aquellos ojos permanece en proyección continua, torturando mi memoria. Hace unos días, cuando el plan se estaba gestando, me hizo gracia pensar que en ese hipotético instante en el que alguien descubriese la caja, imaginaría sin duda un niño, a tenor de sus dimensiones. Y es que se trataba, hablando en pasado pues sin duda a estas alturas estará muerto, de un cuerpo pequeño. Un cuerpo que desde el comienzo de su existencia se acostumbró a caracterizarse en base al tamaño, en un mundo que ante todo necesita calibrar para clasificar. El reproche por tan grotescas dimensiones se dirigía, en este caso, a la estirpe. Sangre que además de un molesto apellido marcaba una figura redondeada y exigua de rasgos imprecisamente sureños, pues los tonos oscuros en cabello, ojos y piel, que cabría esperar, tampoco lo eran tanto. Sin embargo, una gracia de origen extraño adornaba sus rostros y salvaba de alguna manera la estampa, que quedaba atenuada y, en palabras de algunos, producía cierta simpatía.

En el interior de aquel se había desarrollado con el paso del tiempo una lucha entre lo que era a ojos del mundo y en lo que ansiaba convertirse. Lo práctico y lo emocional mantenían una batalla interminable. El esfuerzo le había permitido conseguir ciertos logros personales de los que, según las señales del camino marcado, sin duda se han de conseguir. Pero su anhelo era quizás atravesar el espejo hasta encontrar esa otra imagen que tenía tan cerca y nunca alcanzaba. El timón había trazado un rumbo firme que con cada vez mayor frecuencia se veía interrumpido para recoger flores de forma distraída, hasta que un atisbo de aire le hacía recobrar la consciencia y regresar a la senda.

Apuro el trago y el vaso suena con fuerza sobre la mesa. Masco la rabia entre los dientes. Le odio. Mejor dicho, le odiaba. Tengo que convencerme de que lo que he hecho está bien, es lo correcto. Es lo que necesitaba. Todo va a ir mejor ahora. El día ya agoniza y mis músculos caen moribundos, estoy destrozado. Me dirijo hacia la habitación para intentar dormir un poco. Espero que el peso del licor ayude, pues los recuerdos y pensamientos de todo tipo me taladran la cabeza como alfileres pinchando incesantemente mis sienes.

Me sumerjo entre las sábanas, pero mi piel no obtiene el esperado frescor. No encuentro postura y me retuerzo una y otra vez. La almohada se me hace dura como una roca, irrespirable el aire. La culpa me juzga, me mira directamente a los ojos, me aterra. Sudo como un cerdo, que es exactamente lo que soy. Un cerdo que no ha dudado en asesinar en favor del equilibrio cósmico. La semilla que crecía en el interior del magno hombrecillo no era buena, fuego en gasolina que tarde o temprano estallaría. Esos deseos por no seguir la norma se antojaban incorrectos, realmente inaceptables. No consigo dormir y el desasosiego es tal, que comienzo a hiperventilar. Las sábanas siguen raspando mi desnudez como guijarros y continúo con mi baile horizontal, buscando algo que no termino de encontrar. Caigo en la cuenta de que el sudor que cubre mi piel se mezcla con otro líquido más denso. El agudo dolor de mis manos me descubre unas uñas en carne viva, unos dedos ensangrentados que coloco sobre las sábanas, pero descubro que no hay tales, tan solo un duro firme con restos de tierra. Como si la descarga se extendiese de pronto, los codos comienzan a avisarme de la punzada que siento en lo más profundo del esqueleto que recorre mi cuerpo menudo, que muevo con desesperación para lograr levantarme y salir de allí cuanto antes, pero mis pies chocan con algo en su extremo y los flancos se han unido a la conspiración impidiéndome el paso. Golpeo con fuerza pies y puños gritando con todas las fuerzas que me permite la desesperación, mientras caigo en la cuenta de que todo lo que me rodea es una inamovible y rotunda madera.

Asimilando la rendición, he dejado de golpear y patalear, de gritar pidiendo auxilio; es absurdo continuar. El aire que resta podría dar para unos pocos minutos, quizás no lleguen siquiera a eso. No importa, ahora mismo me son indiferentes los números, las métricas. En el transcurso de estos últimos segundos todo aquello que representa lo conocido comienza a disiparse en mi interior. Al fin y al cabo, la vida se reduce a eso, instantes. Instantes que nacen con el fulgor de una estrella, brillan durante una brevísima eternidad y mueren exhalando su último suspiro, enterrados en cajas de madera.

 

.jans.

 

Si has llegado hasta aquí sin aburrirte, te agradezco de corazón el esfuerzo y te pido disculpas.

Para premiarte quiero dejarte un temazo de la banda californiana Los Lobos, “All my bridges burning” (Tin can trust, 2010). Sí, te suenan. Son los tipos que petaron el planeta con el tema “La Bamba” para la peli del 87 en la que se narra la vida de Ritchie Valens. Este chico y su prometedora voz fallecieron en el 59 con 17 años en una carrera que tan solo duró ocho meses. En ese accidente de avión murieron también Buddy Holly y The Big Bopper, dejando el titular “The day the music died” para la eternidad (en la mítica “American Pie“, Don McLean).

A mi este tema me pone, y mucho, no se si mis puentes arden, pero mi ser, sin duda.

4 comentarios en “(21) Magnicidio

  1. ¡¡¡Muchas gracias por vuestros comentarios Miren, Ruth y Oscar!!!
    Es un verdadero placer que sigais leyendo todo esto y que ademas os tomeis la molestia de comentarlo (aunque el texto no se entienda ni papa, jejeje)

  2. He pensado que hablabas de la impotencia del trabajo que ahoga el alma, del niño al que todos matamos dentro, del dictador ignorante que quiere acabar con todo lo que es mejor que el mismo, de un asesino que acaba asesinado…creo que no he entendido nada, pero la poesia…!Ah, que bella es tu poesia!

  3. Me atreveria a decir…y lo voy a decir😄… La rabia es mejor de lo que nos han hecho creer…Se esta vivo, y algo nos mueve…aun.😀

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