(22) Atenuante

El despertador me ha encontrado desvelado, como casi siempre. Podría decirse que el techo del dormitorio es el paisaje más tiempo contemplado por mis ojos. Una vez suena la alarma no suelo demorarme mucho en el arranque, tan solo unos segundos como de concentración antes del lanzamiento decisivo, que afronto con rapidez y determinación. Lo primero que hago es fumar, es así desde hace muchos años. Me gusta fumar y no está entre mis objetivos que desaparezca, ni me inquietan los problemas que pueda causar a mi salud, mucho menos tengo intención de sumarme a esa moda que casi ha expulsado el tabaco al oscuro mundo de lo sórdido. Esa primera tonelada de humo entrando en mí es una de las mejores cosas que ocurren al cabo del día. Aprovecho para mirar desde la ventana el inicio de la jornada, los pisos de enfrente con las luces encendiéndose en ese enjambre, de forma intermitente y aleatoria. Me reconforta observar el catálogo con todas esas vidas allá, encarando la jornada conmigo, pero en sus islas.

 

Hoy asalta la memoria el bandido recuerdo de todo aquello que ocurrió de repente, como ocurren los giros vitales inesperados; un instante y el universo cambia para siempre. Aquel día había estado en la facultad, pero no había pasado por clase. En realidad, se me veía más bien poco por las aulas. Aquella mañana, como casi siempre, habíamos ido a una cafetería alejada del campus, para desayunar y continuar con nuestro concienzudo análisis del juego de mus. Las horas se pasaban volando entre risas, cigarros y coca-colas. Porque no le dábamos a la cerveza hasta entrada la tarde y no todos los días, tampoco había que pasarse. Cerca de la hora de comer, llegaban las chicas, que sí que acudían a clase, por lo menos a la mayoría. Nos contaban noticias de las diferentes asignaturas, comentábamos los últimos cotilleos y les pedíamos los apuntes, jurando por lo más sagrado que íbamos a ponernos al día y que era la última vez. Nunca se tiene consciencia en el directo de la vida, pero aquellos días seguramente fueron los más felices que jamás tendré, envuelto en la camaradería y despreocupación absoluta que adorna la juventud. Yo volvía a comer y echar la siesta, para regresar después a la universidad o donde quiera que fuésemos la tarde en cuestión. Abrí la puerta de casa y un extraño silencio me acogió, no era lo habitual. En aquellos momentos lo percibí como una ventaja, así me evitaría conversaciones innecesarias o posibles sermones. Sin embargo, tras dejar la mochila y entrar en la cocina comencé a sentir que algo no iba bien. No había comida preparada, la mesa sin poner, ni siquiera una de las habituales notas explicativas en un papelito; el ambiente era de una calma tan anómala como perturbadora. Puse la pequeña tele y me senté en la silla a esperar que llegasen, sin duda se habrían demorado y estarían al caer. Embobado con los programas de esos momentos previos a las noticias, no tuve consciencia del paso del tiempo, fue mi estómago el que me avisó de la hora y el teléfono el que me sacó del trance. – Sí, es aquí. – respondí. Al otro lado del teléfono una voz de hombre, con lija rasgando un timbre que nunca olvidaré, me decía que acudiese al hospital con inmediatez absoluta, algo de un accidente.

 

Mis tíos me ayudaron con todos los preparativos, papeleos tediosos, cuentas bancarias y pólizas de seguro. Yo permanecía en un estado de bloqueo mezclado con la apatía que me producía la situación, además de la, ya de por sí, falta de recursos para realizar cualquier gestión que en aquellos años en los que todo me era provisto, lucía. Sin embargo, el vendaval pasó con rapidez ante mis ojos y para cuando quise darme cuenta, estaba de vuelta a la realidad, sentado en la cocina de mi casa, mirando aquella pequeña tele y ningún ruido de llaves por esperar.

 

No puedo decir que un ramalazo de origen divino fuese el causante, pero el caso es que comencé a centrarme en el estudio y los resultados no tardaron en llegar. Culminé la universidad con facilidad mientras aprendía todos los manejos que la vida conlleva. El compromiso inicial de los más cercanos, como suele ocurrir en estos casos, se fue diluyendo y poco a poco, en parte porque así lo deseaba, conseguí buscarme la vida y proveerme de todo aquello que necesitaba. Evidentemente me quedó una buena suma, unida a la propia vivienda que finalmente vendí, para comprar un piso pequeño en otro mundo, alejado de todo aquello que ya quemaba dentro de mí. Los ojos de los vecinos llenos de lástima, los paulatinamente desinflados amigos, parientes molestos. Cerré el libro de aquellos días y comencé la tabla rasa de una vida en otra parte.

 

Termino el vaso de leche abandonando el pasado para teletransportarme a este otro mundo, el gobernado por el intransigente y sólido “ahora”. Un vaso de leche. Eso es todo lo que tomo como desayuno. Nunca me ha gustado ni necesito el tesoro revitalizante que para muchos representa el café. Apuro el espeso trago, que incluso en invierno tomo directamente de la nevera, pensando ya en el trabajo y los pasos a dar en el día de hoy. Aunque parezca extraño, a tenor de lo narrado hasta ahora, este trabajo parece dárseme de maravilla. Paso las horas concentrado investigando y buscando las mejores opciones, de forma que ni el hambre, ni el sueño me afectan. Hay un aliciente de reto casi deportivo en ello, algo que me pone al límite y me empuja, con resultados muy fructíferos por el momento. Y me aferro al trabajo porque el resto del tiempo lo paso sobre todo haciendo nada. Soy consciente de que este “nada” suena exagerado, pero es que fuera del trabajo no disfruto con el tipo de actividades que los demás consideran normales. Lo bueno que tuvo aquello es que me dejó solo, y así es como me gusta estar. Me reconforta la soledad. No me veo en la obligación de hacer visitas, ni llamar a la familia. No tengo celebraciones de ningún tipo. La ausencia es la mejor herencia que me dejaron. Por otro lado, no soy de buen comer y de hecho para mí ese trámite es simplemente un acto básico de supervivencia, nada más. Eso unido a mi obsesivo comportamiento laboral que parece quemar bastantes calorías, hace que tenga un aspecto bastante decente a mi edad, por lo que cualquier actividad física me parece ridícula. Leo varios periódicos al día por motivos laborales, la televisión la enciendo poco, la música no me aporta nada y las artes en general me parecen pérdidas de tiempo. Por lo tanto, si alguien pidiese una de esas molestas descripciones sobre mi persona, creo que no podría destacar nada. Bueno, salvo a ellos. Tengo dos, en una zona acondicionada del balcón. Son pequeños, delicados, lentos, maravillosamente silenciosos. Dedico todos los días largos minutos a revisarlos, podar cuando es necesario, regar sin falta, cuidados intensivos de forma concienzuda, meticulosa. Al comienzo se me morían pronto, no daba con la clave. Y cuando esto ocurría y uno de ellos parecía estar inerte, tiraba ambos, pues siempre han sido una pareja de la misma especie, colocando en ese rincón un nuevo par. Estos pequeños naranjos llevan ya años conmigo, florecen y pierden hojas, descubro las estaciones por ellos, con ellos.

 

Lo de los soliloquios es algo que también me acompaña desde siempre. Tengo innumerables conversaciones conmigo mismo, y bien largas. Como en este instante, escribiendo una biografía oral en silencio, declamando hacia adentro. Gracias a estas conversaciones perfeccioné la dialéctica y les debo mucho de mi éxito profesional. En estas conversaciones pongo a prueba mi capacidad de convencer con la palabra, busco las formas de hacerlo. Aunque juego con ventaja y sé que el patio de butacas que me escucha siempre está de mi lado, siempre aplaude. Pero me sirve de mucho, o por lo menos así ha sido hasta ahora.

 

Ajusto el nudo con precisión, tengo que estar impecable. Traje negro con camisa blanca y el toque justo de corbata verde para ofrecer una imagen más fresca y positiva. Peinado hacia atrás con gomina, barba perfectamente afeitada. Todo está minuciosamente estudiado, tiene un sentido. Hoy es un día importante y va a salir bien, soy optimista. En los periódicos de ayer la noticia dejaba al individuo muy mal parado, su aspecto en la foto era lamentable y el texto apuntaba directamente a su cabeza. No han pasado muchos días desde aquella primera entrevista con este hombre. Las cosas se le estaban poniendo tan mal que le aconsejaron contratar mis servicios. Me encanta analizar al cliente, buscar en lo más recóndito de su interior todos los resquicios, todas las aristas. Ver su cara cuando de forma más bien indirecta les hago “la pregunta”. Creo adivinar casi siempre la respuesta, con frecuencia alejada de lo que dicen sus palabras. Una vez dispongo de toda la información sobre el caso, que llevo escrupulosamente clasificada en mi libreta, preparo la estrategia, estudio los precedentes, investigo posibilidades. Sinceramente me da igual lo ocurrido, mi asepsia es casi de cirujano, tan solo cumplo con lo que mi trabajo aporta a la sociedad, saco rendimiento a mis habilidades. Si no lo hago yo lo va a hacer otro, es parte del juego. Hoy percibo mi propia seguridad, porque teniendo en cuenta lo que ha hecho este tipo y cómo ha ido hasta ahora el caso, voy a conseguir una rebaja importante. Mucho ha de torcerse para que no añada un nuevo éxito. Tengo un arma oculta en forma de atenuante, se me presentó el otro día, casi como una revelación.

 

Últimos retoques frente al espejo. Me acerco al balcón y, como hago cada vez que me dispongo a salir de casa, paso con delicadeza mi mano por sus diminutas hojas. Permanezco observándoles unos segundos, respirando profundo para despedirme con unas breves palabras, ya habituales. Antes de cruzar el umbral, el profesional resurge para eliminar el brillo en los ojos y la dulzura del rostro. Comienza mi baile de máscaras tras la habitual imagen de fiereza. Ahora sí, todo listo, salgo hacia el juzgado.

 

.jans.

 

Querido ser que lees estas humildes líneas, te pido disculpas una vez más si he extendido mi tinta más de lo debido. Aprovecho para desearte un maravilloso año, plagado de páginas ansiosas, acordes de séptima mayor, labios rozados, escenas de película, sueños preparados, emociones infinitas.

Espero que, a estas alturas, si has llegado hasta este punto, sientas la redención de esa alma en pena como la he sentido yo mientras la construía, con retazos de lo que la vida provee. No me gusta la palabra culpa, es una atenazadora herencia de un pasado que nunca termina de convertirse en presente. Allá cada cual con lo que hace y sus razones, absurdas para el resto, quizás para sí mismo. Encantado, como siempre, de que me cuentes que opinas de este individuo, de si logras empatizar, si le redimes. Cuéntame lo que quieras, millones de gracias por el calor que me has dado, por llegar hasta esta línea.

Esta canción estaba en cartera hace tiempo y hoy, como ocurren las cosas sinceras, ha saltado a escena ella solita. ¿Qué diría un espantapájaros si pudiese componer una canción? Lo que cuenta este ser que se mueve al son del viento tiene mucho de lo que sentimos todos en algún momento. Espero que la disfrutes y quizás te estremezcas como yo lo hago cada vez que suena. Maravillosa tierra Granada, maravillosa banda 091, maravilloso el maestro Lapido, maravilloso espantapájaros.

091, “La canción del espantapájaros

https://es-es.facebook.com/091oficial/

2 comentarios en “(22) Atenuante

  1. Qué tremenda capacidad tienes de evocar seres, tiempos, lugares… gracias por compartir tus letras. Y qué guitarraaaaa! Maestro Lapido, maravilloso, sí.
    Y Maestro Jans, también.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *