(23) La isla

Se pregunta si va a encontrar un sitio donde cenar algo a esas horas. Con las manos apoyadas sobre las caderas, Fabio permanece parado en la puerta del hostal. Su mirada optimista reta a esa luna llena que parece exigirle acción inmediata con la fría redondez de una señal de tráfico. Inicia la marcha caminando por la avenida y pensando que no es para tanto. Hace escasos minutos que ha puesto sus pies en esta isla que nunca terminó de convencerle como destino. Cuando realizó las gestiones para la reserva, tarea complicada en esa época en la que comienza a bajar la persiana, ese hostal le pareció la mejor opción a pesar de la etiqueta que llevaba asociada, conociendo de sobra que la isla es un lugar habitualmente elegido por aquellos que se mueven en tales registros. No ha caminado mucho y ya puede ver el mar, que quizás sea lo que ha venido a buscar. Y aunque no tiene claro lo que le ha traído aquí por lo menos ha permitido poner una inmensa cantidad de litros de agua salada de por medio.

 

Curiosamente a mitad de camino cama-mar encuentra un pequeño local. El cartel exterior atrae y la oferta satisface los requisitos que marca por un lado el reloj y por otro su reciente fijación por lo saludable. En el instante en el que abre la puerta siente en esos giros de cabeza la presión de todo un patio de butacas atento a su actuación, aunque un manco podría contar fácilmente el nivel de asistencia.

En un rincón cerca de la entrada un conjunto de sofás con mesita que rebosa mimbre y vegetación en macetas. Piensa que la estampa es muy de la isla, con el broche sonoro de esa música característica que le resulta tan machacona. En uno de los sofás, casi como ropa tendida, una mujer lanza sus ojos claros sombreados de maquillaje sobre el intruso. La respuesta es un rápido análisis que determina medidas esbeltas en una figura trabajada y barnizada por el sol, enfatizada por lo blanco del vestido. Fabio no sabría adivinar si la visita le motiva más o menos que al grisáceo pequeño ser a sus pies, que mueve la cola y se ha levantado al abrirse la puerta.

Un hombre de pelo llamativamente cano ocupa una mesa en el otro extremo. Apura una cerveza mientras consulta hipnotizado su teléfono móvil, con las gafas a punto de caer por el precipicio de la nariz. A Fabio le surge de forma automática la sonrisa al fijarse en los calcetines tras las sandalias y ese sonrosado tono en los mofletes, así como una rápida hipótesis sobre su procedencia.

En la mesa de al lado el adorno lo ponen dos combinados con paladas de hielo y colores de ave tropical, manejados por sendos chicos que conversan en plano corto, en un diálogo que parece estar equiparado en palabras y carantoñas.

 

Desde el lugar que ha elegido, anotados el par de platos y cerveza que están por llegar, puede observar todo lo que sucede alrededor y así entretenerse. En la libreta que ha dejado sobre la mesa sobreviven algunas notas aisladas y contados inicios de relatos, que como tentativas de amor nacieron con ilusión y pasando por el abandono mutuo cayeron en el olvido. Decide que la isla y los próximos días han de ser punto y aparte, por lo que anotar lo más posible en su libreta se le antoja tan motivador como necesario. Ya puestos en decisiones, le parece buen ejercicio tomar el local como escenario, así que comienza a perfilar mentalmente los personajes de escena. Quizás por un ligero acento o por su latina belleza, o quizás por la forma en la que maneja los hilos del lugar, con eterna sonrisa, otorga el sobrenombre de Mercucio a ese camarero que se desliza suavemente dominando el terreno.

– ¡Mi niño! ¡Ven aquí antes de que mami se enfade! – grita una voz que parece estar en eterna afonía. Se levanta para coger la correa cuyo portador mordisquea alguno de los restos bajo la barra. La coquetería no ha desaparecido en absoluto, de hecho, Fabio apostaría a que hay cierta exhibición en los movimientos de ese cuerpo delgado que ondea rubio platino de raíces evidentes. Esa mujer le hace recordar aquellas chicas del instituto, aquellas que en el caer de los años Fabio ha denominado “muñecas rotas”, pues en los años de adolescencia eran diosas y habían crecido acostumbradas a los halagos, los pretendientes, los rumores, para poco a poco ir cediendo a una normalidad que las mataba, precisamente al convertirlas en mortales. Cuando encontraba alguna por el barrio, tiempo después, le parecía que además de envejecimiento acelerado tenían una especie de tristeza interior, una pérdida irremediable, y es en ese momento cuando más atractivas las consideraba, pues aquellas chicas de éxito en la juventud, más por exuberancia y leyenda que por belleza real, no le habían atraído nunca. Aunque no lleva guantes que le cubran los brazos, decide que ese personaje va a llamarse Rita, y teniendo en cuenta las frases cariñosas que dedica a ese que trata como un bebé, decide que Cosita va a ser su compañero de juegos.

Permanece un instante absorto en la cerveza, que hace de cable a tierra y conecta con pensamientos que ha facturado dentro de su maleta. Se esfuerza por intentar recordar si a ella le gustaba la cerveza. Le parece increíble tener que esforzarse. No es la primera vez que sufre esos absurdos olvidos. Cuando está dentro, le otorga importancia a todo, cuida todos los detalles. Y le parece que recordar pequeños detalles es más que un gesto de interés, es una de las mejores demostraciones de amor. Pero de pronto, cuando llega la tormenta y todo termina, se produce ese inexplicable borrado de datos, que transcurrido un tiempo quizás prematuro le impiden recordar algo tan elemental como aquello.

 

– ¿Periodista o escritor? – pregunta sirviendo el segundo plato. – Ni lo uno ni lo otro – responde Fabio. – Lo decía por el cuaderno de notas, espero que no le haya molestado. – Para nada, me gusta tomar notas en mi libreta, ya sabe, delirios de escritor fracasado – sonríe Fabio. – A mí me gusta mucho leer, siempre que puedo bajo a la playa y disfruto de un buen libro y la calma del mar, en un rincón cerca de aquí. –

Quizás arrepentido, Fabio se fascina por una forma de hablar suave, educada, ciertamente agradable en lo estético además de un contenido que se sumerge más de lo que a priori esperaba. Conversan a ratos sobre la isla y su estacionalidad, los turistas, la situación política de un país de países, hogueras y barricadas. Para cuando Fabio es consciente, ha terminado su cerveza y una escasa, pero suficiente cena que le ha resultado deliciosa.

Sus propios pensamientos y las agradables mini-conversaciones con Mercucio entre plato y plato le han entretenido lo suficiente como para restarle atención sobre el otro flanco, en el que el hombre atado al teléfono apuró su segunda cerveza y se marchó hace rato. Ha decidido suprimir su personaje de la obra, quizás por ser alguien a quien hacer pagar lo que considera adoración excesiva por la productividad y todos aquellos vientos gélidos que llegan desde el norte.

Mientras tanto los jóvenes amantes remataban sus cócteles. Cierta incomodidad persiste al ver esas muestras de cariño, pero por otro lado los observa como imantado. Choca la homogénea figura de ambos, espigadas torres de ceñidas ropas. Uno de ellos luce gafas de pasta y pelo engominado hacia atrás, el otro escasea cabello craneal que compensa con una barba bien reforestada. Sonrisas embelesadas, miradas y gestos casi adolescentes. Fabio se descubre fantaseando con una escena que bien podría ocurrir en unos minutos: los jóvenes abrirán la puerta de un pequeño apartamento cercano y, con inesperada pausa, dejarán en el hall los objetos que lleven, apagarán la luz y tomándose de la mano avanzarán hacia el dormitorio. Manecillas detenidas hasta que finalmente, con sorprendente distancia, se sienten sobre la cama. No hay prisa en los labios que ejecutan una tarea llena de carnosidad mientras las manos toman delicadamente el rostro ajeno. Danzan de forma desordenada, sin ritmo ni roles, de igual a igual. Las ropas caerán, pero con calma, no como un castillo de naipes asolado en un segundo. Esos besos que imagina llevan una coreografía, sin atascos, fluyen. El recuento no deja en buen lugar los suyos, frecuentemente torpes y apresurados. ¿Cómo no entendió al instante que aquellos primeros besos llenos de torpeza fueron la señal que auguraba el evidente final?

Mercucio se acerca a los Capuletos, pues así ha decidido llamar a estos, para intercambiar bromas y chocar manos. Fabio nota que conocen sus nombres y le parece entrever que hablan de momentos pasados vividos. Se censura en sus propias conjeturas al considerarlas tópicas, pero no puede evitar pensar que Mercucio bien puede compartir sus inclinaciones. Además de por todo lo visto hasta ahora, porque ha comenzado a sentir una minúscula punzada de ímpetu en su mirada, un matiz retador cuando han conversado de cerca.

El idilio Rita-Cosita se expande por todo el local, pues la primera persigue al segundo, con llamadas que pretenden ser autoritarias, pero no consiguen su efecto y es la bandera de Cosita la que ondea, correteando o mordisqueando lo que encuentra. De forma inconsciente brota el recuerdo de discusiones mantenidas, decidir si se adopta o no un inquilino en aquella casa compartida. Fabio nunca se dio por convencido y, la acusación, en un ejercicio de extrapolación, le espetó en muchas ocasiones que se trataba de un claro ejemplo de escasa ilusión por la descendencia y sin duda miedo al compromiso.

– Gracias, pero voy a dar un paseo y regresar al hostal – responde apocado y con las mejillas a punto de explotar. Con el enésimo lucimiento dental y en un último gesto de camarero del año, le preguntaba si la cena había sido de su agrado y se ofrecía a indicarle algún lugar de copas al que acudir, rincones que visitar, arenas salvajes que merecía la pena pisar.

 

Desciende por la callejuela hacia el paseo. Antes de regresar y leer un rato quiere impregnarse del salitre y que el paisaje le certifique que está allí, al otro lado de todo. A pesar de la hora nunca camina solo, se cruza con turistas, parejas, paseantes de perros, grupos de jóvenes que más que cerrar el día, parece que vayan a iniciarlo. No descubre nada nuevo en las palmeras y puestos ambulantes de abalorios, pero fortalecen su objetivo. Saca su móvil para levantar acta con algunas fotos que retratan ese negro horizonte, las curiosas barandillas de piedra, restos de posidonia que invaden la arena, como las luces de ciudad excesiva a lo lejos parecen invadir este lado de la isla. En realidad, no tiene claro si enviará las fotos a alguien, si es que existen candidatos para ello, o quedarán almacenadas como tantas otras.

No puede evitar imaginarse la escena en la compañía que hasta hace no mucho cabría esperar. Se siente estúpido porque hay una parte que sopesa si ese paseo mejoraría, si en realidad todas esas millas de mar no son refugio sino la confirmación de un nuevo suspenso en su expediente. Ese expediente que algunas fuerzas externas se empeñan en evaluar, aunque seguramente sea él mismo el más despiadado de los integrantes del comité. A estas alturas son ya varias las ocasiones en las que ha recalado en islas de todo tipo en diferentes huidas, quizás sea lo único que sepa hacer en cuanto surgen problemas. Fabio mira ese horizonte, negro, como negra siente a veces su alma. Negrura que viene de dentro, negrura tintada afuera. Se toma unos instantes para repasar trayectorias estelares y como ya viene sintiendo desde hace unos años, esa incertidumbre en forma de infinito oscuro le reconforta, le motiva mucho más que la tierra firme que se adivina al otro lado.

De regreso se cruza con la dama y ese pequeño que parece portar una cruz, pues la correa le impide correr a la velocidad que quisiera, velocidad determinada quizás por las enormes plataformas que calza la mujer que camina a su lado. Tan solo intercambian unas palabras, lo justo para aclarar a esa mirada pícara las tópicas palabras sobre desconexión vacacional y un tiempo que se espera soleado. Fabio no recoge el guante en forma de ligero juego, sumido quizás en una repentina pereza y escaso interés, despidiéndose en direcciones opuestas.

Asciende de nuevo la callejuela motivado por la tarea de escribir todo aquello en cuanto llegue, casi como clavo ardiendo ante un optimismo que se ha ido desinflando con el paso de los minutos. Quizás es la soledad y la terrible sensación de desamparo que le invaden de pronto, como un ridículo pelele de trapo sin timón, cuando el mundo exige establecer rumbo claro. En la acera de enfrente una sombra se mueve en el interior del ahora cerrado y oscuro local. Se detiene un instante, respira, o suspira. Un paréntesis de consciencia precede a los suaves golpes de nudillo en el cristal. Tras una breve eternidad el estremecimiento golpea cuando esa mirada aparece al otro lado. Mercucio quita el pestillo y su mueca transporta la invitación en envío urgente. Fabio cruza ese umbral de umbrales, y por primera vez en mucho tiempo, siente reaparecer la sangre en sus venas.

 

.jans.

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