(24) Ovillo triste

Domingo, 17 de Setiembre.

Hoy he estado muy perezosa por la mañana. Mi cuerpo no arrancaba y no he salido de casa. Y eso que al despertar he mirado por la ventana y he visto toda esa luz afuera. Pero no he sentido ganas de salir. He aprovechado para cocinar un rato, espantando ideas. Cocinar me ayuda a vaciar la cabeza. Hacer la tarea sin que ninguna otra cosa aparezca para despistarme. Cuando cocino no me lleno de los malos pensamientos que suelo tener, de soledad y aburrimiento. Se mezclan con recuerdos grises y todo eso que a veces me hace estar bajita de ánimo. Después de comer el sofá me ha ido acunando mientras veía la tele y he caído en una siesta más larga de lo normal. He despertado perdida, parecía borracha. El día seguía empeñado en su luz y como todo el mundo me dice que tengo que salir más de casa, he pensado en dar un buen paseo. Hace ya meses que escribo en este diario, mi hija se empeñó. Pero mi vida es aburrida y relleno las hojas con cosas simplonas. Siempre hablando de médicos y dolores. Menos los días que escribo sobre esos momentos tan felices en los que mis nietos vuelan con su madre y regresan a su tierra a pasar unos días. Estoy tan atareada que no escribo en ese momento. Pero cuando se marchan me quedo como tonta, así que cojo la libreta y pongo todo lo que recuerdo que hemos hecho. Hoy estaba desganada, pero ha pasado algo curioso y al llegar a casa he tenido muchas ganas de sentarme a escribir unas líneas. Por mí y por ella.

 

Siempre hago los mismos paseos y no suelo cambiar. Me vale con caminar despacito y ver gente. Abuelos con niños, ver cómo la ciudad va cambiando de un día para otro. Bajo por las calles que llevan al casco viejo y busco la ría. Igual que un peregrino intentando encontrar el camino. Me gusta que la ría esté ahí durante el paseo, es mi compañera. Había mucha gente por la calle, los padres aprovechando para salir con los pequeños. Que si no se aburren y dan guerra en casa. También turistas, muchos turistas. Lo que ha cambiado esto en unos años. Antiguamente se veía un turista de pascuas a ramos, hoy día te los encuentras por todas las esquinas. Los hay de todos los colores, de todas las edades, de cualquier parte del planeta. Yo nunca he viajado, no he querido salir de aquí, a lo mejor mis raíces me tiran hacia la tierra que me vio nacer y no he podido dejarla nunca. Qué sería de mi vida si hubiera salido a ver mundo, me queda esa espina, pero ya a mi edad, ni falta que hace. La de turistas que se ven. Que yo no me meto en políticas ni economías de esas que se oyen, pero yo creo que los turistas son buenos y alegran la ciudad. Pues eso, que he llegado hasta el sitio del paseo donde me siento a descansar un rato. Si puedo cojo el mismo banco, aunque a veces está ocupado. Desde ahí veo enfrente el museo, al otro lado de la ría. Toda esa gente interesada en verlo, y pensar que vienen desde tan lejos. Hace un año o así entré con mi hija y los niños. La verdad es que es enorme y muy raro. A mí no me convence por fuera. Pero es impresionante. Una siente orgullo de que eso esté aquí y venga tanta gente desde Dios sabe dónde. Aunque no pude entender casi nada de lo que había. Me pasa lo mismo en una catedral. Los retablos llenos de personajes y misterios que no puedo entender. Pero es la casa de Dios y se puede disfrutar solo con estar dentro, aunque no se entienda. A los niños les encantó y pasamos un día muy divertido.

 

Bueno, que me lío con bobadas y quiero contar la historia de la chica. La chica estaba sentada en mi banco de siempre. Por eso yo estaba hoy en ese otro. Si es una cría: digo yo, aunque a saber la edad que tendría. Con la edad de la gente tengo el problema de que veo a todos más jóvenes, pero no puedo decir cuánto. Y además el mundo ha cambiado tanto que ya no distingo niñas de jovencitas o mujeres. Muchas veces me llevo reprimendas y algunas me dicen “hace tiempo que no soy una niña”.

 

Estaba mirando alrededor y me quedé pegada al ver su postura, hecha un ovillo, arrebujada. Un cuerpecito menudo en la madera del banco, por eso pensé que niña. Me llamó la atención y me quedé mirando, así que en una de esas veces que se ha estirado ya he visto que no era tan cría. Llevaba una mochilita de colores, apretada contra su cuerpo, con unos muñecos raros. Aunque ahora todos los muñecos me parecen raros, no entiendo que puedan gustar a los niños esas caras tan feas. Tenía una maleta de esas cuadradas y con ruedas a su lado. La tenía cerca me imagino yo que para vigilar y que no la robaran. Al principio solo podía ver la espalda y la coleta negra larga. No me digas, pero me he quedado pegada mirándola, ya sentada hacia ella desde mi sitio. El ovillo se recogía y estaba así un rato, luego se estiraba y se giraba hacia el otro lado, así varias veces. En una de estas he visto por fin sus rasgos. Es lo que yo diría “chinita”. Aunque recuerdo aquella vez que mi hija me dijo que no todos los de ojos rasgados son chinos, es mejor decir orientales. Así que la chica es oriental, ojitos de chinita. Ojitos tristes. A mi edad todo el mundo cree que sabe mucho más que yo. Te hablan todo el rato por encima, corrigiendo, dejando caer que una fuese tonta. Que algunos estudios tuve y siempre me ha gustado leer libros y el periódico los fines de semana. Yo he vivido mucho y sé cuándo a una cara le ocurre algo. No sé lo que le pasaba, pero esa cara estaba triste.

 

Hasta un buen rato después no he caído en la cuenta de que al cambiar de postura hacía algo más. Sacaba de la mochila un aparato negro, un teléfono móvil, de esos tan grandes que llevan ahora. Movía un dedo en la pantalla y lo volvía a guardar, disgustada. Aún más disgustada que antes, creo yo. ¿Qué buscarán los jóvenes en esas pantallas que les hacen pasarse horas ahí mirando? Ya es tarde para mí y no lo voy a saber nunca. Todo eso que me dicen que me pierdo por no saber de teléfonos, interné y esas cosas. La chinita oriental deshacía un ovillo y otro y otro, sacando el teléfono y buscando ese algo. Después lo guardaba con cara de disgusto terrible y su cuerpo a cerrarse otra vez. Me daban tanta pena esos ojitos.

 

El museo enfrente, el camino llenito de niños, perros, corredores y paseantes. Pero a ella nada le gustaba, ni lo miraba, o su mirada parece que lo traspasaba todo, perdida. Ni a mí me ha visto, tan cerca y mirándola descarada. Y ella desparramando hacia el suelo el sufrimiento en ojos rasgados. ¿Qué hacía aquí? Porque digo yo que con esa maleta y sentada en un banco por la tarde no sería una chinita de las que trabajan en las tiendas. Pobres, horas y horas ahí metidas, incluso fines de semana. A veces sin entender ni una palabra de lo que les decimos, pero siempre sonriendo con esa cara cansada. No, yo creo que esta chica ha venido por otro motivo. ¿Turismo? ¿A estudiar? Ni idea. Y al final la cosa había conseguido atraerme y todos los pensamientos en mi cabeza estaban ahí girados hacia ella.

 

Entonces he visto que el ovillo temblaba y he sabido que lloraba. ¿Qué dolor podía tener esta niña? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no coge el maldito teléfono y pide ayuda? ¿Dónde estaría su familia? ¿Quizás no es posible llamar desde aquí a tan larga distancia? He empezado a sufrir por ella, me tenía angustiada. Pobrecita la chinita. ¿Pero qué podía hacer yo? Y ella dale que dale con su teléfono, mirándolo desesperada. De repente me ha venido un recuerdo, lo tenía ahí olvidado en la memoria. Me he visto en aquellos años, con las ropas tan pobres, con qué poquito se vivía entonces. Esa tarde, tendría qué sé yo quince años. Llovía muchísimo, siempre ha llovido así en esta tierra, aunque todo está cambiando. No recuerdo de dónde, pero volvía a casa cruzando la ría. Estaba empapada y congelada. No consigo recordar el qué, ni cómo. La razón de estar allí y sentirme así. Me sentía abandonada por el mundo. Todo estaba en mi contra. Estaba desesperada y sola. Lloraba tanto. Eso sí que lo recuerdo bien. Lluvia y llanto. Algo se abrió en mí aquella tarde, como si me rajaran las entrañas. Creo que fue la última vez que lloré hasta muchos años después. Porque en poco tiempo pasaron muchas cosas y todo muy rápido.

 

El atardecer ya empezaba a despedirse cuando me he decidido a actuar. He buscado un pañuelo de papel en mi bolso. Me he acercado despacio. El ovillo permanecía cerrado. Muy suave, he dicho: – Niña, ¿estás bien? -. Una cabeza ha salido del ovillo. Me ha mirado fijamente, ojos llorosos contra los míos, que estaban también húmedos. Parecía que no entendía nada. Le he ofrecido el pañuelo. Se quedaba mirando, sin mover un músculo, solo mirando. He vuelto a intentarlo: – ¿Necesitas algo? -, acercando otra vez el pañuelo hacia sus manos. Al final lo ha cogido, haciendo un gesto suave con la cabeza y cambiando un poquito la cara, yo creo que menos triste. De repente un ruido raro nos ha espabilado y ha desenganchado las miradas. En un segundo ha pasado todo y ni me he dado cuenta. Ha sacado el teléfono de la mochilita. Ha movido los pequeños dedos en la pantalla. Le ha salido una sonrisa enorme en mitad de la cara. Se ha levantado y así la he visto entera. Una mujercita en proyecto, pequeñita y muy delgada. Me ha hecho una especie de reverencia torciendo el cuerpo hacia abajo. Me ha sonreído con las mejillas ardiendo en fuego y ojos que parecen cerrados. Se me ha ocurrido que quizás estaba en un viaje muy doloroso y el espíritu había vuelto a su sangre para iniciar ahora por fin otro viaje. Ha recogido su maleta y su mochilita. Nos hemos dedicado un gesto con la cabeza y con la mano. La he visto marcharse por el paseo, arrastrando la maleta de ruedas.

 

He vuelto a casa muy alterada. Mil pensamientos en mi cabeza. La escena de la chinita oriental, todo el pasado, mi vida entera. Todas las vidas que están por hacer cuando somos jóvenes. La juventud que se escapa, que corre como el diablo. Todos los dolores que nos toca pasar, las despedidas. El vacío que queda cuando ya no esperas a nadie. Sin darme cuenta he vuelto a casa en mucho menos tiempo que otras veces, sofocada. Al entrar por la puerta, me he puesto las zapatillas de casa y he venido a todo correr a apuntar todo esto en el diario. Una tarde entretenida, un poco rara, igual que la vida.

jans

 

Kuro significa negro

 

Kuro guarda el teléfono en la mochila y recoge las rodillas con los brazos, haciendo que su pequeño cuerpo parezca aún más el de una niña. Es un gesto que ha repetido varias veces esta tarde, desde que hace un par de horas se sentó en ese banco del paseo. Paseo que acompaña la ría por ambas riberas, repleto de gente en este domingo de septiembre de temperatura agradable. Ancianos mezclados con jóvenes, niños junto a sus padres en bicicleta o andando, corredores sudorosos, paseantes de perros. Muchos de ellos aún con gafas de sol en esta época del año. Todas esas figuras se mueven en el plano que atraviesa la mirada de Kuro, que no les hace el menor caso. De frente, al otro lado de la ría, reluce el famoso museo, donde cientos de personas en su interior o aledaños se recrean en esas formas y obtienen recuerdos digitales que llevarse a sus lugares de procedencia.

 

Kuro no ve absolutamente nada en ese plano. Lo corta con la mirada en fugaces vistazos de tanto en tanto, pero no aprecia el menor atisbo de algo. El foco de su mirada parece ser una moneda de dos caras: en una la pantalla del teléfono, en la otra el suelo congelado. Mantiene bien cerca la pequeña mochila de colores chillones y personajes de dibujos animados. En ella guarda ese tesoro que consulta cada poco rato, aunque también es un castigo, al no recibir lo esperado. A su lado una maleta de viaje de color verde y no muy grande, en la que queda espacio por completar. Laten dentro cinco camisetas de colores que le quedan largas, braguitas con dibujos infantiles y sostenes de encaje, cuatro faldas cortas y dos pantalones, unas sandalias, un jersey rosa de invierno, una gorra, un pequeño tigre de peluche, una toalla, un estuche de maquillaje repleto y un neceser a medio llenar, en el que no hay cepillo de dientes.

 

Kuro vuelve a sacar el teléfono, pulsa el botón lateral que enciende una pantalla sin novedades, lo que produce en su interior un nuevo pinchazo de decepción. Pantalla plagada de información y sin embargo tan vacía. La fecha, la hora, cobertura de red de telefonía, de datos, conexión wifi, llamada de emergencia. Todo un mundo, y la nada. Se le ocurre que puede haber un fallo de conexión o en el programa de mensajes, así que desbloquea la pantalla en un intento desesperado. Pulsa el botón del programa y aparece la lista de conversaciones mantenidas. Ese orden descendente se le clava en el alma, pues arriba del todo sigue sin haber nada.

 

Kuro piensa en ello, sufre, se desangra. Le duele tan solo respirar cuando en su cabeza se reproducen de nuevo las imágenes, cuando en su alma se revuelven las fieras heridas. Y sigue sin haber señal alguna, una esperanza. Necesita ese mensaje, sin ese mensaje está perdida. Guarda de nuevo el teléfono en la mochila, asqueada y desesperada. Recoge la totalidad de su cuerpo en forma de ovillo, con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Hace muchos minutos que repite el movimiento ritual con frecuencia cíclica. Pensar-desesperarse-sufrir-esperar-consultar-defraudarse-pensar-desesperarse-sufrir.

 

Kuro no entiende a nadie, todos le son ajenos. Ajenos porque no conoce un alma en este lado del mundo y porque ninguno de ellos puede traspasar la barrera que ha establecido entre su batalla y todo lo demás. Ha escuchado voces desde que aterrizó, ha cruzado miradas. Pero no entiende nada, no ve nada. Siquiera los carteles, llenos de información y palabras, le dicen nada. Pisar tierra también le ha enmudecido, pues no ha emitido palabra alguna. Con gestos básicos de su rostro ha devuelto algún saludo o indicación recibida, internet le proveyó de la forma de llegar desde el aeropuerto al centro de la ciudad. Descender del autobús y caminar con prisa, sin rumbo entre esos fantasmas, cuando sabe que es ella el único espectro en ese planeta. Al fin sintió el miedo real de estar a miles de kilómetros de un hogar, o de algo parecido a un hogar. Y ese banco vacío le pareció una buena cueva en la que poder refugiarse un rato para medir la gravedad de las heridas, encender un fuego y descansar un rato. Ahí lleva ya unas horas, haciendo y deshaciendo de forma desesperada el ovillo triste.

 

Kuro significa negro en japonés, tan simple como eso, negro. Toda una vida, corta vida, peleando contra ese color, perseguida por la oscuridad. Siente de pronto que ese mensaje no va a llegar nunca, que quizás se ha roto la conexión interestelar que permite las comunicaciones invisibles. ¿Qué podría hacer si así fuese? ¿Podría seguir viviendo? Comprueba de nuevo su conectividad. Ha recibido un email, un pequeño bote le coloca en posición vertical y los ojos abiertos como hace horas no han estado. Descubrir que se trata de publicidad no solo le defrauda de forma terrible, le supone un sufrimiento aún mayor que la nada, por toda la esperanza que albergaba. De vuelta a la desesperación y al ovillo, esta vez se desmorona y comienza a agitarse con impulsos que crecen dentro y se desparraman en pequeñas lágrimas bajando por su cara.

 

Kuro ya no tiene más lágrimas, aunque sigue gimiendo en silencio, cara escondida y bloqueo en el alma. Escucha una voz cercana que entona palabras lejanas, ajenas. Levanta su mirada y encuentra unos ojos claros, húmedos, que la miran con intensidad. Son muy grandes, o le parecen enormes, y de una tremenda calidez y protección. Cae en la cuenta de que la tarde se está desvaneciendo y que lleva mucho tiempo allí. Acaba de descubrir que se trata de una agradable anciana al mirarla por completo, vuelve a decirle algo. Le ofrece un pañuelo de papel, que lleva en la mano. Su gesto es suave, amable. La visión que sus ojos vidriosos le ofrecen de esa figura brillante de ojos enormes y sonrisa tan colorida hace que Kuro se sienta mejor, le reconforta. Recoge el pañuelo y comienza a limpiarse el rostro, pero un sonido irrumpe de forma repentina y consigue asustarla. Un sonido nuevo que nunca en su vida había escuchado. Y sin embargo llevaba toda la tarde esperando. Le tiemblan las manos cuando abre la mochila para coger su teléfono. La pantalla en esta ocasión está maravillosamente llena, aunque tan solo un nuevo y corto texto aparece reflejado. Sus ojos luchan por salir de las cuencas, recorriendo contrarreloj las letras que forman palabras y estas forman frases y de ahí el universo, el todo. No puede evitarlo, sonríe. Sonríe y sin embargo esa sonrisa no refleja todo lo que adentro bulle. Se pone en pie de un salto, haciendo una reverencia a la señora que tiene delante. Piensa que ha sido ella, esa mensajera interestelar, caída del cielo igual que un ángel. Siente que ese encuentro en sus cosmos les ha conectado, su mirada ha supuesto el despertar, y en ella le anunciaba el milagro. Quiere correr, llena de alegría, la energía de pronto enciende su chispa. Recoge rápidamente sus cosas y se despide de esa anciana que la mira con extrañeza. Cruzan ese gesto universal de despedida afectuosa, con la mano y el rostro sincronizados. Se pierde por el paseo con su maleta de ruedas, en un andar rápido casi corriendo, casi volando. Recrea el recuerdo de esa mujer tan lejana en todos los sentidos, que ha estado más cerca que nadie por ese instante. Se arrepiente de haber marchado tan rápido, una lástima. Hubiera deseado decirle, poniendo todo el color del mundo en la mirada: “muchas gracias, me llamo Kuro”.

jans

 

Gracias de corazón, a ti querido ser que lees, que has tenido la paciencia de llegar hasta aquí.

Ovillo y Kuro nacieron siamesas indivisibles, no podía cercenar su unión cósmica.

Gracias de corazón a ti, tan TU, por tus consejos y por leerme con ilusión. Todo esto está dedicado a TI.

 

6 comentarios en “(24) Ovillo triste

  1. jajajajaja, me resbalo al drama sin poder o quizás querer evitarlo…
    El blog ha cogido su propio aire y no sé si volverán esas golondrinas.
    ¡Muchas gracias Oscar!

  2. 👏👏👏 Sigue así, pero el próximo post, para compensar, toca ya un monólogo del club de la comedia. 😉 Por cierto, se echan de menos tus recomendaciones literarias y musicales!!

  3. ¡Muchísimas gracias! Como me alegra, ser anónimo, que hayas leído los textos hasta el final y que te hayas tomado la molestia de escribir.
    Yo conozco el final de Kuro, pero es mucho mejor mantener el misterio, jejeje. En realidad Kuro nos representa a cada uno de nosotros, que alguna vez nos hemos sentido tan desvalidos ante alguna circunstancia, tan lejos de todo y de todos.

  4. Ovillo y Kuro, dos relatos que te enganchan y te dejan con la intriga… que será de Kuro…
    Describes los sentimientos de los personajes y de lugar, que hace muy fácil meterse en el relato!!

  5. Dos historias que conectan y de las que nos dejas con ganas de mas!.
    No dejes de hacer, lo que haces tan bien!!!!

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