(25) Nota disonante

La calma de tarde primaveral, tan solo alterada por las risas de niños que juegan sobre sus bicicletas, se quiebra con el tañido de las campanas. Sonido rotundo e inquietante, hace que los pequeños se detengan por un momento; alrededor se silencian conversaciones y algunas palomas alzan el vuelo.

En el fondo de la plaza, la iglesia gobierna un entorno que parece haberse construido como anexo en un tiempo posterior al imponente edificio. Una hilera de bancos en cada flanco insinúa el imaginario sendero que conduce al interior. En el centro, a mitad de camino, se sitúa una fuente de mármol blanco con grifos que surten de agua a los cuatro puntos cardinales. No tiene mucha altura, de forma que desde el otro extremo del espacio pueda contemplarse sin obstáculos la magnífica fachada. Un par de mujeres que conversan, esperan con las chaquetas sobre las rodillas, preparadas para abrigar a sus pequeños en breves instantes, cuando el sol comience a retirarse a su guarida. Queda algún sitio libre pero casi todos ellos se encuentran ocupados, mayoría de ancianos que resucitan el pasado apoyando las arrugadas manos sobre los bastones. Sin embargo, la mayor concentración que puede observarse se sitúa en la entrada del templo.

 

― Qué pena, ¿verdad?

― Bufff, terrible. Tan joven. Y así, de improviso.

― Está todo el barrio conmocionado, hoy lo he comentado con varias conocidas.

― Cuando ocurren estas cosas parece que se te queda el cuerpo congelado, tardas varios días en quitarte el pensamiento de la cabeza.

― Y la familia, qué pena. Se les veía tan unidos a todos.

― Creo que va a venir muchísima gente hoy, se quedará pequeña. Yo por eso he venido con tiempo.

― Yo no me quedaré mucho, quería estar un poco para acompañar el duelo, pero luego marcharé a casa, que tengo faena.

― Y pensar que estudió con mi hija en el colegio, que son de la misma edad. Ay, hija, qué tristeza.

― Hoy me han dicho que había empezado a coger buena marcha. Había sacado la plaza de funcionaria la niña, debía ser muy estudiosa. Y andaba mirando ya pisos.

― Menuda les espera a los padres ahora. Porque hoy venimos todos aquí y tienen abrazos, quieras que no hoy están apoyados. Pero a partir de mañana comienza el calvario que nunca terminará. Perder un hijo tiene que ser terrible, no quiero ni pensarlo.

― Tan buena familia y tan majos, la vida les iba bien y ahora esto…

― Ay, hija, las desgracias llegan a cualquiera, más rico o más pobre, esta vida es así.

 

Las puertas, enormes piezas de madera con adornos de hierro, se han abierto y muestran la luz que sale de dentro, invitando a completar las filas de bancadas que se atisban a lo lejos. Afuera sigue llegando gente que se saluda con efusividad. Se suceden los abrazos, los apretones de manos. Predomina el color oscuro, destacando aquellos que no han considerado obligatorio el luto. El murmullo comienza a apoderarse de la plaza, en la que se ausentan los niños, se han llevado la alegría junto con sus bicicletas. Tampoco husmean perros, ni aletean palomas. Algunos de los ocupantes de asientos se han acercado a interesarse, marchándose al poco por los caminos laterales. Otros permanecen conversando, con la mirada puesta en el tumulto.

Un anciano camina con el ritmo que marca el lento apoyo de bastón y se detiene en un banco que no está del todo libre.  El chico se encuentra detrás, apoyado en el respaldo. Está mirando fijamente hacia toda esa gente que espera para entrar, que habla y habla, que se saluda y se abraza. El abundante pelo rubio recogido en coleta es lo único que desentona sobre el negro, que campea uniforme. Camisa negra, pantalones negros, zapatos negros. Luce esa ropa negra nada sofisticada. Mejor dicho, no luce la ropa, que le queda amplia y desde cualquier punto de vista desacorde, como si fuese prestada.

 

― ¿Puedo sentarme?

No hay respuesta, un leve gesto de cabeza.

― Vienes al funeral, ¿verdad?

No hay siquiera un gesto esta vez, ojos fijos en la gente.

― Debe ser una chiquita joven, qué pena. ¿La conocías?

El anciano, que ha hablado sin mirar al chico, escruta esos ojos enrojecidos, la piel blanca del rostro, el agotamiento que pide a gritos poder descansar.

― Lo siento mucho, chaval. Eres amigo, ¿verdad? Tienes que andar en una edad parecida.

Los hundidos ojos se cierran durante un momento. Carraspeo. Parece que la voz va a hacerse oír, pero se entrecorta y vuelve a adoptar el silencio como estado natural. La llegada del coche negro hace que ambos se giren de pronto, ha atravesado la plaza para quedar parado frente al pórtico, al lado de la gente.

 

La mujer lleva gafas de sol, el hombre no. Zapatos de tacón alto, elegantes mocasines. A su lado un chico adolescente con sudadera gris oscuro que deja ver a las claras la marca. Ambos la abrazan. Les tiemblan las piernas, avanzan con pasos desacompasados, equilibrando una posible caída con los propios cuerpos. El chico llora, llora a tumba abierta, sin taparse la cara, tan solo la apoya levemente sobre el hombro de la mujer. Se parece mucho al hombre que conforma la tercera parte, ambos son morenos y delgados, con nariz larga, aguileña. Fotografía del ayer y el mañana puestas juntas, y a pesar de la brecha del tiempo, pueden parecer la misma persona. La mujer tiene el pelo dorado por las mechas y algo más de cuerpo, facciones más redondeadas que contrastan con los otros dos.

Se deshace la terna en abrazos espontáneos, en llantos compartidos. Algunos parecen ser de los aguileños, otros de los redondeados, otros no pueden clasificarse en uno u otro. La llegada ha hecho resurgir de nuevo lágrimas entre la gente, los rostros se visten con la tristeza del luto que conlleva la ocasión, convirtiendo tumulto en silencio roto por los lamentos entrecortados.

― ¡Mi niña! ¡Mi niña! ¡Dios mío, qué voy a hacer!

― Lo siento en el alma. Es terrible.

― ¡Por qué ha pasado esto! ¿Por qué?

Se funden en un abrazo que dura segundos, completando el minuto, apretando los cuerpos con fuerza, con mucha fuerza.

― Lo siento mucho. Es terrible que la familia se junte por fin ahora, en esta tragedia, así.

― Estaba tan feliz últimamente. Estaba más guapa que nunca, salía más, después de dejarse los codos estudiando tanto tiempo. Estaba muy ilusionada con la música, con sus clases de piano. Se la veía tan brillante.

― Tienes que ser fuerte, por tu hijo, tenéis que seguir adelante.

Extraen con cuidado la caja, que sacan unos centímetros para poder maniobrar. El hombre aguileño se acerca y pone su mano sobre la madera, cierra los ojos. Tras unos segundos se aparta y le hace una seña al conductor. Levantan entre cuatro todo ese peso, sobre los hombros de diferentes alturas que se han de acomodar para equilibrar la maniobra. El féretro ya está dentro. Casi todos están dentro. Afuera quedan algunos rezagados y nuevos curiosos que se acaban de acercar y leen la esquela en la pared. Comienzan a cerrar las puertas. Deja de verse la luz interior, silenciada por la rotunda madera. Se escuchan los acordes de un órgano.

 

Las palomas han vuelto al centro de la plaza y colonizan los alrededores de la fuente, los bancos languidecen vacíos. No queda mucha gente alrededor, algún caminante que cruza, algún paseante con perro. Los ancianos hace rato han abandonado el lugar. El chico de negro no. Permanece en el mismo sitio, pero ahora sentado. Tiene la cabeza entre las manos, los brazos apoyados en las rodillas. Se agita en movimientos espasmódicos. A ratos parece detenerse, pero vuelve a agitarse al de poco. Deshace el escudo de las manos buscando algo en el bolsillo. Un pañuelo. Se suena la nariz, pero no seca la humedad de su rostro, eso lo hace con el brazo. Párpados y mejillas se están hinchando, sin embargo, el cuerpo cada vez parece más pequeño, más débil. Saca del bolsillo lo que parece ser un llavero. Lo acaricia con los dedos, repasa todo el contorno dibujando su forma. Quema tiempo recorriendo con la punta del índice ese par de semicorcheas en color plateado. Se queda allí con la mirada concentrada en ese objeto. No hay nadie, está solo. Son los títulos de crédito del atardecer que sucumbe poco a poco a las sombras, pero muestra un fondo de intenso naranja justo encima de la parroquia. Extraño contraste de luz sobre el tenebroso ambiente que ha quedado en la plaza.

Las puertas se abren y comienza a salir gente. Algunos marchan con prisa, otros se apartan ocupando la entrada y dejando paso libre hacia el coche fúnebre, que aguarda con la puerta trasera abierta. Las coronas de flores ocupan todo el espacio posible una vez introducida la caja, que prácticamente no puede más que adivinarse en el fondo. El coche cierra puertas y parte, atravesando la plaza. Esta vez la terna es dupla, el hombre aguileño y la mujer con gafas de sol, que se sostienen cogidos con los brazos entrelazadas por la espalda. Justo detrás sale el aguileño joven, con la cabeza gacha. Son los últimos en salir de un templo que ya cierra sus puertas. Nueva sucesión de abrazos, de saludos, nuevos llantos. Pero parece que los apartados en la entrada han tenido suficiente, pues no brotan nuevas lágrimas.

― Mañana por la tarde pasamos por casa y os acompañamos.

― Maña… Dios, que horror, mañana traen el nuevo piano. Tenía tantas ganas de tocar estos días…

― ¿Quieres que les llame y que no pasen?

― No, es igual, que vengan.

― A ver si hoy podéis descansar un poco.

― Nos ha traído la prima unas pastillas, las tengo preparadas, necesitamos descansar, estamos agotados.

― Podéis contar con nosotros para lo que necesitéis. No tenéis más que pedir.

― Gracias…

 

En el único asiento ocupado el chico está soltándose la melena, que peina con los dedos y pasa mechones por detrás de las orejas. Se coloca bien los cuellos de la camisa y atusa el pantalón. Se levanta con lentitud. Cierra los ojos un instante y comienza a caminar hacia aquellos. Los aguileños y la mujer de gafas de sol están saludando a las últimas personas que quedan por allí. El chico se detiene a pocos metros de ellos, están girados hacia la puerta y no pueden verle. Parado, con las manos juntas y los dedos entrecruzados, inmóvil. Pasan los segundos, se cubre el rostro entre las manos. Gira de pronto, los ojos abiertos hasta donde permiten los párpados; si es posible, aún más blanco. Se aleja a grandes zancadas por un camino lateral. Ríos en ojos que han recobrado caudal, ese caudal de lágrimas que no ha cesado de manar en un atardecer que ha dejado paso a la oscuridad.

 

La iglesia, cerrada, ya no aguarda gente afuera. La plaza, tranquila, no alberga seres vivos. Un coche se ha detenido en los aledaños, respetando el rigor del semáforo. Suena una canción en la radio y el sonido huye a través de las ventanillas abiertas. La brillante voz joven de la cantante deja paso al solo de piano en la balada, con notas que se suceden lentas, un abismo de tiempo entre ellas. El semáforo cambia y con la brutalidad de una galerna, el coche se lleva el final de la canción por la avenida.

 

jans

2 comentarios en “(25) Nota disonante

  1. Una vida y una historia que finaliza cuando estaba empezando. Me dejas con un nudo en la garganta!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *