(26) La razón febril

Bañada en sudor. Así despierta mi consciencia en la madrugada. Porque siento que, además de mi piel, suda mi consciencia, perdida en oscuras aguas. Sobre todo, es mi conciencia la que grita, la que se humedece y palidece. Tropiezo con la puerta del baño cuando acudo a secarme, lo que ocurre últimamente a diario, torpes sentidos embotados. Hace ya unos meses que la naturaleza me obliga a levantarme de noche, yo que siempre había dormido del tirón. Será simplemente el frío de la época, la humedad del ambiente, qué-sé-yo. Me asusta que se trate de la edad y la próstata comience a reclamar protagonismo. Seco y aliviado regreso a la cama, pero no consigo dormir, siquiera cerrar los ojos. Se me han quedado clavados al techo, en la penumbra salpicada mínimamente por reflejos de luces externas. Mi niño interior está asustado, pero las formas difusas que se proyectan ahí arriba parecen reconfortarme más que cien bombillas. Quizás no quiero verme existiendo y así a oscuras, parece que no existiera, como si nada ni nadie lo hiciese. Mañana, mejor dicho, en unas horas: tutoría. La vengo temiendo desde la semana anterior. La vengo deseando desde la semana anterior. Ansia en un ciento por ciento, miedo en el otro ciento por ciento. Métricas rotas por el ente formado por dos mitades enteras, ese monstruo que hace meses crece en mí. Mañana hay tutoría. Y recuerdo las mismas miradas al techo de penumbra sintiendo aquellos “el martes hay tutoría”. Pero el martes es ya, es luego.

 

En mi cabeza se proyectan escenas de pasión incontrolada en espasmos dementes, el gozo explotando con la mirada sucia y la sangre de las venas en burdo relieve por todo mi cuerpo. Si accediese a ese tesoro, qué premio. Cómo lo deseo. Apareció levemente en el mar de cabezas del vistazo inicial. Tan solo un chico atractivo, en aquel instante sin exaltación extra, quizás entretenido y agobiado por ese primer día lectivo que tanto suele costar. Generalmente se tarda algunos días más en hacerse una imagen mental de la clase y sus miembros. Poco a poco te vas quedando con algunas caras y las vas ubicando más por una zona concreta en la que se sientan que por recordar algo digno sobre las mismas. Pero esa cara se quedó grabada y a los pocos días la visión panorámica sobre la clase mostraba claramente decenas de pares de ojos y una luz dorada, en dorado progresivo sobre el flanco derecho. Comencé a fijarme por los pasillos de la facultad o al entrar en clase, por si cazaba al vuelo algún robado de unos vaqueros ajustados o cualquier otra cosa que llevarme a la boca en mis posteriores ratos de placer privado. Para comenzar a complicarlo, la sorpresa mostró un buen alumno, aplicado y atento. Levantaba la mano para preguntar y mis cimientos se tambaleaban en repentino seísmo. Su voz me resultaba simplemente perfecta, timbre varonil con fondo aún adolescente. Mi temperatura corporal sin duda ascendía y me costaba atender su pregunta, pues quedaba pendiente de si el rostro reflejaba el más mínimo atisbo de algo que pudiera hacer sospechar lo que internamente provocaba. Más tarde, en la calma de un lugar alejado, me avergonzaba terriblemente imaginar que podría notarse. Qué pensarían todos esos jóvenes de este doctor en Economía, de este hombre considerado una eminencia en su campo a nivel nacional. En los quince años que llevaba impartiendo clases en esta universidad, no se había desvelado nunca lo más mínimo acerca de mi vida privada. Y aunque de ese par la parte privada ha quedado inmaculada, la parte de vida se diluyó en los días. La última señal escuchada fue una maleta que acababa de ser llenada con prisa entre voces gritando, huyendo por la puerta. Desde entonces no he vuelto a rozar otras almas, siquiera otros cuerpos. Quizás sea lo único bueno de tener un trabajo absorbente y una carrera meteórica, que construyen la realidad alternativa que te aísla cada día un poco más de todo lo que puede doler.

 

Los meses avanzaban conforme aquellas ropas moldeaban la misma forma en distintos envoltorios, con mi serpiente interior deseando que llegasen temperaturas que mostrasen más carne. Los inocentes recreos sexuales habían dado paso a un deseo más intenso, a un recurrente pensamiento diario, horario. No supe poner freno, no encontré pedal alguno o si lo tuve no me atreví a pisarlo. Me ocurrió a mí, la persona que tantas veces había sido adjetivada como metódica, concienzuda, cabal, analítica, cuadriculada. No vi venir el momento en el que el disfrute se convirtió en adicción y llegaron las etapas finales de curso. Las tesinas y la elección de tutores. Y el niño despertó la noche de reyes frente a sus zapatos, encontrando el ansiado formulario de solicitud. Durante el curso había interactuado con el chico únicamente en clase, con patio de butacas de por medio, respondiendo sus cuestiones cuando las formulaba. Noté, o quise notar, la admiración que me profesaba. Esto es algo que afortunadamente había experimentado a lo largo de los años, algo que llena y alimenta, por mucho que digan algunos que no tiene importancia. Pero esta vez, en ojos de ese ladrón agitador, suponía una dimensión desconocida.

 

Primera tutoría y llegué como quien llega a una cita a ciegas, salvo que, en lugar de acudir al punto de encuentro con los nervios atenazando el vientre, simplemente quedé sentado en mi despacho, esperando que unos nudillos golpeasen la puerta, como si no existiese nada más en la vida por esperar. Y precisamente como en una cita con alguien a quien deseas, fui encontrándome poco a poco más cómodo, más suelto. Pude por fin tomar las riendas durante un instante, ser el hombre que soy, el doctor en economía, enajenado pero docto. Pude ejercer de tutor, planteando los fundamentos que en las siguientes semanas se iban a desarrollar, resolviendo sus dudas y animándole para realizar un buen trabajo. Y todo eso no restó un ápice a ese otro ciento por ciento de alma que planeaba sobre las nubes disfrutando el momento, sintiéndose cercano al mayor de los anhelos. Siguieron otras sesiones, en un ascenso plácido a los cielos. Cada vez más cercanos, compartiendo confidencias personales que se colaban como luces de persiana entre los temas docentes. Correcciones sobre las hojas dispersas sobre la mesa, choque brutal de una yema rozando su mano. Disculpa, sonrisa, mirada. Que una hoja de sable me parta en dos ahora mismo si no había algún tipo de conexión, eso es innegable. Yo lo percibía y entendí que el chico comenzaba a sintonizarse conmigo. Poco a poco me fui convenciendo de que él era como yo, quizás la imagen simbólica de hombre exitoso tumbase las barreras de edades y cuerpos. Mi brazo hendía con furia el hueco del pantalón y la mano tomaba su miembro en mis sueños, lo devoraban entero, noches y noches de placer furioso. Pero me sorprendía aún más cuando vertida la llama, quedaba tumbado soñando con momentos de luz, dos libros y lecturas desnudos sobre la cama, tarjetas de embarque, salitre sobre cuerpos que se abrazan, vida. Me inundé de células regeneradas recién nacidas, quitándome la piel gastada de encima, innovándome en la búsqueda de esa ventaja competitiva que me permitía volver al mercado como producto líder.

 

Hace un par de noches, me encontraba desvelado mirando al eterno techo. De esos momentos en los que repasas situación vital, camino andado, evaluación de daños y proyectos futuros. La muerte apareció en la fiesta de la vida y me recordó todo lo que siempre había querido: ser recordado. Dejar huella en lo que me apasionaba era el destino final, adornando el camino con esas píldoras de reconocimiento progresivo. La idea me golpeó sin avisar y comprendí que estaba asumiendo el riesgo, que estaba cruzando un umbral muy peligroso, jugándome muchas cosas que no había tenido en cuenta. Tambaleando todos los axiomas. Desde luego si aquello daba un paso más y traspasaba la línea, suponía un serio peligro. Las células jóvenes que inundaban mi cuerpo drogado envejecieron en un instante y sentí que quizás ese chico no era más que un juego, un último sueño para no aceptar que los cuerpos jóvenes que solía admirar por la calle, habían saltado un muro que a partir de ese momento me impediría tocarlos. Me había embriagado del perfume que emana de la vida en ojos aún verdes, porque esa esencia se estaba escapando de mí para siempre. Con las barricadas de mis batallas ardiendo quedé dormido para sumirme en una pesadilla terrible, en la que intentaba avanzar por un bosque cuya maleza y zarzas me impedían ver la luz. Desgarradas las ropas, ensangrentado y frío, solo entre la bruma, desesperado. De pronto unos ojos enormes aparecieron sobre una rama cercana. Un búho o lechuza o animal parecido me estaba mirando fijamente. Me invadió una pena tremenda, un dolor inmenso, y comencé a llorar, gimiendo igual que un niño. El movimiento producido por el llanto me agitó y el vómito me abrió las entrañas como un libro, mostrando tan solo una masa etérea de un color inexplicable, una nube viscosa. No encontraba consuelo y era consciente de que nadie podía socorrerme. Y además esos ojos enormes, fijos en mí, retándome, como esperando que hiciese lo tremendamente lógico, lo que se esperaba de mí y debía hacer. Pero yo apenas podía ver, con el torpe pensamiento de un borracho y sin poder mover un músculo de mi cuerpo.

 

Bañado en sudor. Así desperté aquella noche. Así he despertado esta noche. Esos ojos penetrantes taladrándome el pensamiento. Cada bocanada de aire me duele. Ya no tengo claro si tengo que luchar, cabeza, león, corazón o ratón. Ya no tengo claro quién soy, ni contra qué soy, ni para qué. Las ecuaciones toman unas variables que se difuminan cada segundo y es imposible despejar incógnitas, ponderar todo lo que conozco, todo lo que sé. Quiero dejar de pensar, pero no puedo dormir; solo quedan unas horas.

 

jans

2 comentarios en “(26) La razón febril

  1. Lucha de la mente, el deseo, las incógnitas de quien somos realmente y como nos ve la gente que nos rodea.

    Mi enhorabuena!!!.

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