(28) Arena, nieve, puertas

Bossa nova. Me suena que es eso. El viejo vivía la música. En aquella sobremesa familiar sonó una canción parecida y entonces lo dijo, que su espinita era la bossa nova. Se marchó antes de poder cumplir ese y otros tantos deseos; y a mí jamás me dio por seguir la senda familiar, ni por los sueños; plazos demasiado largos. Una vez que le prestas atención es verdad que el ritmillo te arrastra y flotas ligeramente, hasta que despiertas del engañoso trance y te despegas con la pena con la que apagas la tele en la que has estado viendo “nada” durante más tiempo del que creías.

Tienen el volumen bajito, de fondo, rollo sala de espera. Claro que no importa mucho porque estamos callados. Menuda fiesta. Si es que esto es una fiesta; pinta no tiene. Habrá unas veinte personas, me resulta difícil contarlas, parece que se mueven o varían, estoy un poco apijotado. De hecho, no tengo ni idea de qué hago aquí, vete a saber cómo estaba cuando he venido. Definitivamente tengo que tranquilizarme, ya me lo dice mi tía, por suerte la única obligación familiar que cumplo muy de vez en cuando. Qué pesada es, joder. Que me calme, que me entretenga con algo productivo, que pare quieto.

En las mesas altas tipo bar hay combinados de rosa chicle en vaso de tubo, idénticos, tarifa plana. Me estoy zumbando el segundo y no tengo claro que sea de fresa, ni que tenga alcohol. Lo que daría por pillar alcohol. Me gusta y eso que nunca me ha ido lo dulce, pero qué vas a hacer en este garito si no es beber. Deambulamos despacio, nos miramos, trincamos en silencio. Ninguna cara me es familiar, ninguna cara me deja huella más de unos segundos. En las esquinas hay macetas rollo selvático y-no-hay-nada-más. Bueno, el logotipo de marras en todas las paredes. Repetido a modo de greca sobre papel pintado. “O jogo”, en letras doradas que parecen de un concurso cutre. A lo mejor esto es la inauguración de una marca, no consigo recordar.

Otra vez el moreno y van unas cuantas. Solo hay dos puertas en la habitación, una en cada extremo. Cada cierto tiempo sale un mulato con rastas recogidas en moño, vestido de lino blanco impoluto, listo para hacer una exhibición de capoeira. Repone misterios color chicle y se acerca al centro, cierra los ojos mientras pone las palmas de las manos cruzando sus desarrollados pectorales. Y sin venir a cuento, dice una palabra. Por ahora no he entendido, se me hace una mezcla de inglés con acento brasileño. Pero parece que algún sentido tiene porque alguno de entre los divertidísimos invitados se acerca y le sigue. Esta vez es un rubio fideo al que se le ve el cartón, gafotas. Se pierde con esa cara de alelado cruzando la de la izquierda. ¿Ha dicho “heart”?

Sigo esperando que alguien le pregunte, que expliquen qué pasa aquí, o si sacarán papeo, pero pasa el tiempo y nadie abre la boca. “O jogo”. La verdad es que me quiere sonar, creo que lo he visto antes, creo que ya he estado aquí. Como un anuncio que hubiese dejado grabado un mensaje en mi subconsciente, lo tengo en la punta de la lengua. El caso es que todo esto… La vegetación, el moreno, la calma. Joder. Es verdad. Aquello. La arena. Brasil. Hotel. Granos esparcidos. Por todas partes. Dos en la ducha. Sábana mojada. No solo de agua. Follar como nunca. Después nunca. Ojos que brillan. Segundos detenidos. Respirar. Suspirar. Son lo mismo. Carcajadas. Cosquillas. Caricias con labios. Besos con dedos. Reír como nunca. Después nunca. Imposible después. Kilómetros de mundo. Orgía de calendarios. Momento. Vida. Nada mejor. Nunca hubo nada mejor. Arena brasileña por el suelo de la habitación.

Tampoco entiendo lo que ha dicho esta vez, me ha sonado a ruso. Una vieja muy muy mayor sale de entre la gente. Casi calva, ojos hundidos en un rostro que se sostiene de puto milagro. Para ser un esqueleto anda de forma suelta, increíblemente parece no tener ningún achaque. Se acerca al moreno, no había visto que tiene una cadena atada al cinturón, donde cuelgan unas llaves que utiliza con cada puerta. Ha acompañado a la viejuna rumbosa. Unos segundos al otro lado y salir con el mismo gesto. Pero, entonces ¿dónde va toda esta gente? A lo mejor es un casting, pero me acordaría si me hubiese apuntado a algo así. Lo intento, pero cada vez tengo más caótica la consciencia y no puedo conectar ideas, imágenes, palabras. Solo me viene “nieve”. Sí, eso es. Nieve. Sudor. Frío. Frescor. Sobre la cara. Luz, mucha luz. Arriba, muy arriba. Abajo, muy abajo, el final. Pendiente. Riesgo. Velocidad. Sangre ardiendo. Subidón. Vacío. Silencio. Y ruido. Silba el viento. Silencio. Sin ruido. Nada.

“Nieve”. ¿Nieve? ¿Lo ha dicho él? La palabra me saca de la empanada. Sí, creo que ha dicho eso, con su acento, quizás un “neefve” o algo así. Desde luego nadie ha dado un paso al frente. Tiene que ser a mí. Sé que tengo que seguirle, igual que los otros. Avanzo hacia el centro y me uno a sus pasos, es evidente hacia dónde tengo que ir.

Gira unas cuantas vueltas con la llave, desde la distancia no se me hacían tantas. Siento los ojos de todos esos pringados sobre mi espalda. Es un cuarto muy pequeño, cuadrado, las paredes pintadas de un color que por más que mi cerebro trabaja, no consigo definir. Mobiliario y sonidos, ausentes. Tan solo dos entradas: la que acabo de atravesar y otra enfrente. Se queda parado delante, hace un gesto cogiendo un pico de la blusa y señalando al suelo. ¿Tengo que quitarme la ropa? – resuena más de lo deseado. Asiente. Si entiendo bien a sus brazos trazando trayectoria hacia afuera y hacia abajo, creo que me indica que debo quedarme en pelotas. Ahora enseña toda la piñata. Toda su concentración se ha detenido para sonreírme, o quizás despedirse. “Desfruta do jogo” – dice. Baja la mirada, abre y se marcha. No escucho llave alguna girando tras de mí.

Espero, no ocurre nada. Me fijo, pero no parece haber cámaras ni cristales opacos. Tiro la puta camiseta. Nada, ninguna señal. No hay vida ahí afuera. Las puertas están cerradas. Qué chorrada tanta seguridad. ¿Es que no van a llamarme por megafonía o avisarme? Venga, qué ostias, será porque no he estado en bolas en sitios peores. Ahora todo se esparce por ahí tirado. Ya lo tenéis, ¡cabrones! Y ahora, ¿qué?

Los ruidos me espabilan. Ruidos como de maquinaria. Por un momento parece que tiemble lo que hay bajo mis pies. Ahora silencio. Seguro que tienen cámaras y se están descojonando de mí. No se escucha nada. ¡Otra vez ese ruido! Pom, pom, pom, pom. Una máquina golpeando algo macizo pero acolchado por fuera, de forma rítmica. Se detiene. Silencio.

Golpes, calma, golpes. ¡Que me dejen aquí tranquilo! ¡Por favor! Entre estas cuatro paredes estoy a salvo. ¿Qué maldito color es? Los golpes terminan con un crujido corto y seco. ¡Crick! La puerta se abre. Un resquicio pequeño, minúsculo. Luz al otro lado. Un mundo aterrador al otro lado. Me aprieto contra el extremo más alejado de ese precipicio. Caigo en la cuenta de que estoy desnudo. Caigo en la cuenta de que no puedo hacer otra cosa que atravesar ese muro. Me acerco despacio e introduzco los dedos por la rendija, tomándola de apoyo para no caer. Agua. O mar. Qué-se-yo. La sustancia líquida inunda eso, de un desconcertante color anaranjado con zonas oscuras, que oscilan, que varían. ¿Y tengo que cruzar? ¿Y cómo voy a respirar ahí dentro? Yo me quedo aquí.

El fluido me espera enfrente, ni una gota se ha vertido sobre este cubículo con ventana abierta a ese océano. “Desfruta do jogo” ¡jajajajaja! ¡Ahora lo entiendo! ¡Qué cabrones, tenían que ser ellos! ¡Los brasileiros! Las ondas se aceleran y se multiplican, me tambaleo. La sombra que se aproxima trae una ráfaga de aire gélido que se viene sobre mi cara. Paralizado, aterrado. Ansias por gritar, pero aquí no puedo. No se puede gritar todavía. Pero tengo la sensación de que, dentro de poco, cuando aprenda a respirar allí, podré gritar. Incluso podré llorar. Cuando se pase este frío, cuando cese el viento de nieve sobre mi cara, cuando pare de girar todo alrededor. Entonces, esa forma oscura ahora tan cercana atravesará con sus dedos el mar, para sacarme y derrumbar los cimientos a mi alrededor.

jans

2 comentarios en “(28) Arena, nieve, puertas

  1. Me ha divertido leerte en este estilo!. Aunque siempre es un placer leerte.

    Un final que anuncia un nuevo comienzo, me gusta.

    Enhorabuena!

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