(29) A medio camino

Recordaré siempre aquel primer día, era mi cumpleaños. Estaba siendo un invierno duro, de mucha lluvia, de intenso frío. Caminaba en la oscuridad de la madrugada hacia la primera jornada del año. Apenas podía pensar, sumido en el sopor de la hora y la maldita pereza perenne que a diario me birla la energía. Seguramente porque mi cabeza apuntaba hacia el suelo pude verlo. Un papelito blanco. Estaba arrugado, vencido por decenas de pisadas que lo habrían vapuleado con el paso del tiempo. Sin duda se trataba de una de esas notas que se escriben para recordar algo. Quién sabe si un asunto urgente o una lista de la compra. Pero ahora no quedaba siquiera un atisbo de algo que se pudiera descifrar.

 

Cuando llegué al trabajo seguí rumiando aquello. Me pareció importante o quizás no tenía nada más interesante en ciernes. Llegué a la conclusión de que hoy día poca gente los tiene en cuenta, quedan pocos que se tomen la molestia de utilizarlos para acordarse de un tema pendiente o para dejar un mensaje sobre la encimera. Me planteé si en las clases de ahora se seguían pasando notitas o si se seguía utilizando el viejo truco para decirle a esa niña que te gustaba, ofreciéndole ese “salir contigo”; sin especificar hacia dónde. Si fue por pereza laboral o por firme defensa de las causas perdidas nunca se sabrá. El caso es que a última hora de la mañana cogí una hoja y la rompí en trozos más o menos iguales, ayudándome en las aristas de las formas cuadradas del folio. Y ahí los tenía, unos cuantos formando montoncito. ¿Y para qué querría yo un montoncito de papelitos blancos? Había metido algunos en la cartera y en eso ocupaba las divagaciones de vuelta a casa. Desde luego no quería tirarlos, se me antojaron lo más parecido a mí en una fecha extraña.

 

Pasé la tarde atendiendo llamadas cariñosas, quehaceres domésticos, recuerdo haber estado cocinando; una de las cosas que más me relaja. Un poco de música y coger el cuchillo consiguen que me sumerja en la nada. Siempre me pregunté cómo hacen los demás cuando les dicen, en una clase de yoga, por ejemplo, “deja tu mente en blanco”. Para mí desde luego es imposible, salvo que toda mi atención apunte a la tabla de cortar. Tan inevitable como cumplir años es la absurda reflexión que asoma ese día, un monstruo oculto en el armario que surge en las sombras de la noche de determinados momentos vitales. Casualmente se trataba en mi caso de la cifra temible que queda marcada tras trazar la imaginaria bisectriz sobre los años por vivir.

 

En esas estaba cuando recordé lo que tenía en la cartera. A modo de capricho de niño maduro (o maduro niño), cogí uno de los pequeños fragmentos. Escribí dos letras, a lápiz, en el centro, en mayúsculas. Me quedé mirando, leyéndolas. No, no podía quedarme en la superficialidad del lápiz como otras veces. Cogí un boli y repasé las letras. Lo hice una y otra vez. Es una manía que tengo, la de repasar las letras que escribo; en zona demasiado limítrofe con el TOC. Mientras socavaba surcos con peligro de rasgarlo pensé que faltaba algo. Cierto, lo de siempre. Es algo que me revienta dentro del conjunto de rarezas que conforma eso que soy. Más que no dominar las reglas de acentuación, el no saber presentir el momento en el que se sugiere un acento. Unas veces lo colocaba con énfasis, para al poco quitarlo argumentando que estaba de más, que no cuadraba. Otras veces, en cambio, pasaba de largo entretenido en la musicalidad de la prosa, olvidando vestir las palabras con el decoro esperado. De una forma o de otra las tildes importantes no aparecían a una fiesta de escaso glamur. Pero ese día sí recuerdo una leve consciencia, un aviso. Un trazo rotundo ilusionó la cordura y en el último chequeo antes de refugiarlo de nuevo en mi cartera, me pareció que ahora sí estaba bien.

 

El invierno había traído a meteorólogos y mortales un plan de tarifa plana. Agua y frío, frío y agua. La gente comentaba el tema en conversaciones bucle y es cierto que el ánimo, aunque ya acostumbrado, había decaído de forma generalizada. Probablemente debido a aquel páramo, el papelito comenzó a ser importante en mi vida. Está claro que hay una gran variedad, productos más solicitados. Colores brillantes, adhesivos, diferentes tamaños. Pero a mí me atrae el blanco, el sencillo, mejor si es cortado a mano. Una imagen que venía sin invitación, cuando se le antojaba, con una irreverencia que se tornó en costumbre. Con una costumbre que se hizo ansia. Con un deseo desbocado desembocando en luz. Tenía la imagen a todas horas y sin embargo era incapaz de recordar cómo era, detalles. ¿Estaba escrita en negro o azul?

 

Agradable paseo de tarde en una ciudad que se había permitido el lujo de plegar el paraguas y aflojarse la bufanda, incluso desabrochar algún botón del abrigo. En la esquina de un portal, sobre el escalón de acceso, en el frío mármol. Allí estaba. Otro papelito. Estaba húmedo, pisoteado. Desconozco si era posible leer lo escrito, pero me convencí, iniciando un juego, de que llevaba las letras que yo necesitaba leer. Continué andando, casi queriendo restar importancia, dejándole abandonado, quizás agitando el paraguas a lo Gene Kelly, quizás dando algún paso de baile disimulado. Comencé a encontrarlos en los lugares más insospechados. Hubo miradas de transeúnte que censuraron por un instante mi sonrisa de niño, pero no pudieron evitar que regresara a la felicidad invencible de quien cree. Me sorprende aún reconocer que, sobre todo, me ocurría los miércoles. En ese día a medio camino de la semana laboral, subiendo el puerto que aspiras coronar para salir fortalecido, me encontraba siempre uno. Porque no todos los días los hallaba, pero desde luego en miércoles, sí. Es probable que lo desease y al final lo forzase, el caso es que, por azar o exigencia de mi guion, aparecía.

 

Con el paso de las semanas, la canción cambió por fin en el parte meteorológico y en los escaparates empezaban a aligerarse los maniquíes. Había tomado la costumbre de mirar el papelito por la noche, justo antes de apagar el día. Después, me apetecía también disfrutarlo mientras desayunaba. La simbiosis de café y papelito convertían ese momento en algo único, justo antes de meterme en la ducha e impregnarme de pensamientos negativos que acarrea esa “libertad” que nos obsequiaron con el trabajo. No es que no hubiera vómito, no es que no hubiera ira, ni tristeza; hubo de todo eso. Pero todo ocurrió tenue, lo viví menos grave, con levedad dulce.

 

Zapatillas y propósitos de ejercicio, un clásico estacional. Me impuse un reto: llegar hasta un punto al otro lado de la ciudad y forzando mi poco acostumbrado cuerpo, hacer el trayecto de regreso. Silbaba una canción que tenía metida en la cabeza, entre el tumulto de la gente en las calles, que se animaba a abandonar la cueva igual que yo. Caminar por la ciudad se había convertido en un hábito deseado. En el fondo de mi memoria habían quedado registrados, archivados con ilógica organización tan aleatoria como meticulosa, todos los momentos de encuentro feliz, de trocito de belleza. Rincones marcados con una bandera en los que recordaba alguno de aquellos tesoros, así que transitar por los mundos conocidos era una experiencia placentera, brillante y plena.

 

Alcanzado el objetivo me detuve para un breve descanso, tampoco podía demorarme mucho si pretendía realizar la gesta de regresar a casa sin utilizar el metro. La mirada al cielo, prolongada, me devolvió lágrimas de luz, cegado por el esplendor de la vida concentrado en un maravilloso instante. Obligado a bajar la mirada para recuperar la visión me di cuenta de que allí, entre mis zapatillas ahora amortizadas, latía algo. Blanco. De forma cuadriculada. La humedad de los ojos me impedía enfocar, pero desde el primer vistazo distinguí perfectamente las dos letras. Recogí el tesoro tal que un billete de quinientos, sujeto por dos deditos. Habían pasado meses desde el inicio de todo esto y era la primera vez que me atrevía a recoger uno del suelo. Tenía quizás otras dimensiones, no pude asegurar que la tinta fuese del mismo color. La había escrito otra mano sin duda más delicada que la mía y, sin embargo, era la misma palabra. ¿Era posible tanta casualidad? ¿Estaba soñando? ¿De verdad era aquello? Comprendí que no podía saberlo y que no me importaba. Perdí el miedo, porque por primera vez en mucho tiempo, podía pisar con seguridad.

 

Me puse en marcha. Ahora ya sabía por fin hacia dónde. Algo fundamental para llegar a alguna parte. Tenía todo por delante, un día precioso y el itinerario en mi cabeza. Ya estaba a medio camino.

 

jans

 

Un comentario en “(29) A medio camino

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *