(30) Negro-Gris-Rojo

Gris. Todo es gris, aunque el último recuerdo que tengo es un rotundo negro. Es de día o quizás última hora de la tarde, imposible saberlo con este cielo silenciado por la bruma. Bloques de granito gris, insulso, sin balcones. Tan solo ventanas cerradas en las que se adivinan vidas tras la frontera de los cristales, sin duda tristes. Se esparcen a ambos lados de calles estrechas que ascienden. Siempre ascienden. Desde mi posición una cuesta inacabable ascendiendo en curva. Me siento pequeño, apenas un niño. El rojo de mi chamarra destaca como una gota de vino sobre vestido blanco. Una chamarra de las de antes, con choto y borreguito por dentro. Tengo calor y me la quito, para llevarla agarrada sobre el costado. Subo por el centro de la cuesta, puede que buscando algún portal concreto. Son todos iguales, no hay nada que me haga distinguir uno de otro. Solo un número plata mate sobre la puerta de entrada. Los números ascienden, del mismo modo que la calle; derecha impar, izquierda par. Me acompañan otras personas, pero no las reconozco, aunque tampoco es seguro, pues mis ojos las perciben en extraño estado de ebriedad. Son mayores que yo, o por lo menos parecen más altas. Me agarran con manos ásperas de las que no puedo soltarme, tirando de mí para que les siga. Avanzo como niño pequeño obligado a andar deprisa camino del colegio. No es que no quiera ir, es que la pereza me aletarga. No sé muy bien si son de la familia o gente cercana, el caso es que me queda la intuición o sospecha de que estoy a su cargo. Y eso es suficiente, junto a los empellones, para que siga sus pasos.

Durante un rato que se me hace pesado la escena no cambia. Bloques grises, ambiente gris, serpenteando la subida. De pronto caigo en la cuenta de que todo lo que pisamos es barro. Es un barro normal, demasiado blando incluso en su naturaleza. Lo que pasa es que está flojo de puro alicaído, carente de fuerza. Su tono marrón casi se funde con el gris general, por eso no lo había notado. Y la dureza del recorrido se debe al esfuerzo de levantar los pies en ese enfermo fango que pisamos. Pisadas que hago con unas katiuskas de pie pequeño que han adquirido el color de la sustancia tenue que lo impregna todo. Aparecen de vez en cuando personas, siempre en los costados, en aceras por encima de la pista de barro. Su piel me parece especialmente oscura sin llegar a serlo, sus ropas ajadas. No puedo evitar pensar en el adjetivo “sucio”, ni percibir desde afuera un olor a podredumbre que creo inexistente. Cuando observo sus figuras, no hay nada especial que me saque del sopor, nada que destaque sobre el cuadro. Ahí parados, con la mirada hacia abajo. En ningún momento recuerdo cruce de ojos propios con ajenos. Busco en los bloques algún agujerito abierto por una ventana, por el que respirar con algo o alguien, entretenerme. Los bloques permanecen cerrados. En mi cabeza se establece una automática clasificación de a tres: a) los primeros sabios, que hace tiempo huyeron antes de que fuese tarde b) los cobardes que habitan escondidos dentro de los bloques, aterrados en la oscuridad c) los valientes que se han echado a la calle, cuya heroicidad no ha dado más y se han quedado en las aceras rumiando algo que parece poder esclarecerse en el suelo.

Seguimos y seguimos cuesta arriba, encontrando nuevos recodos y nuevos bloques, nada cambia. La ausencia de novedades hace que aflore la desazón. Tanto que, me parece salvadora la idea de ponerme mi chamarra roja, para hacer de antorcha dentro de esta especie de cueva formada por bruma. Pero no tengo la chamarra. No lo entiendo, si ha venido conmigo todo este rato. Ha debido de caérseme mientras andaba. Me detengo e intento girar hacia abajo, pero uno de los que me acompaña me pone la mano en el hombro empujándome hacia adelante, invitándome a seguir andando en silencio sin decirme nada, siquiera mirarme. Yo quiero mi chamarra. No puedo seguir sin la chamarra ¿Y si no la puedo recuperar jamás? Me invade una tristeza tremenda, ante el temor de no volver a ponérmela. Quizás es que me destroza la idea de no volver a ver un rojo como aquel ni sentir un borreguito tan cálido. Nos detenemos y uno de mis tutores supuestos gruñe algo a otro, señalando el portal que queda a la derecha. El número 41. Sin embargo, siguen ascendiendo sin detenerse. No parece ser su objetivo.

Cuando retomo la marcha me doy cuenta de que hay ropas tiradas, desperdigadas por todos lados. Me espabila la ilusión de algo nuevo. El resquicio de color que podría brotar es aplastado por manchas y rotos que tienen todas ellas, lo que las hace mimetizarse con el fango. Los habitantes de este barrio, porque acabo de concebir el conjunto, van recogiéndolas. Algunos se las llevan en los brazos, otros tienen unas pequeñas cestas, mejor dicho, capazos de mimbre. Cuando no pueden coger más o han llenado los capazos, se retiran y dejan paso a otros, que realizan el mismo acto. Por la izquierda sube con rapidez un hombre con un carro de supermercado, a medio llenar. Completamente calvo y ancho de hombros, sus andares implican audacia llegando a la prepotencia. Las personas que estaban en la acera de ese lado le hacen hueco para permitirle hacer su trabajo. Recoge con ansia todo lo que puede hasta casi llenarlo. En ese momento pienso que, si este hombre viene del “abajo”, es probable que traiga la chamarra dentro del carro. Puede estar manchada y rota, es mi chamarra. Y la deseo sobre todas las cosas, no hay nada que en este instante desee más. Así que trazo un par de zancadas transversales a todo lo anterior que me encaminan hacia el hombre del carro. Ahora soy consciente de mis piernas, piernas adultas. Pongo mis manos sobre el carro, atrayéndolo con fuerza hacia mí. No puedo abrir más los ojos ni detener el impulso de revolver. Comienzo a levantar prendas acartonadas que languidecen por la humedad y el frío. Las lanzo al suelo sin miramientos, solo quiero mi chamarra roja. El hombre del carro me desafía. Odio esa media sonrisa ridícula con la boca echada a un lado. Descanso cuando detiene el reto, pero le sigue el resentimiento. Suelta el otro lado del carro y se apresura a dar la vuelta para enfrentarme. A mi espalda noto empujones y unas manos me agarran de los hombros, tiran de mí. Cubren todos los flancos bultos de cuerpos, piernas, agresivos brazos. Me han quitado lo que tenía en las manos, me han reducido. Empapado en sudor, en mugre; desesperado. Y como si fuese por primera vez en la vida, sale algo de mi garganta. Un grito rasgado que se ahogaba, fallido. Pero un grito libre, porque pongo todo lo que tengo en ese instante. Cuando escucho la reverberación instantánea de eso que acabo de soltar por la boca, sé que he puesto todo lo que me queda, que es limpio, que es verdadero, aunque sea un fracaso de grito. En esa angustia que me aprieta, porque no recuperaré jamás mi chamarra, porque me están tumbando todos esos, porque me están hundiendo en el barro. En la tragedia de mis labios lamiendo el lodo, siento paz y respiro. Respiro mejor cuanto más sumergido. Está oscuro, sin embargo, al fondo, un hilillo de luz avanza y da paso al fulgor de un sol que sangra y me golpea. Fogonazo en negro-gris-rojo.

 

Tirito de frío, aunque el sudor chorrea por la frente y descendiendo se mezcla con baba. En su regreso me van avisando de que duelen uno dos tres cuatro cinco; todos los huesos. En la celda de mi cabeza un preso golpea las paredes chillando de rabia; es horrible. Algo blanco es lo primero que veo, me ciega. La taza del váter. La mano, ah sí, dedos. Muevo las piernas. Me exige un esfuerzo doloroso, consigo tumbarme boca arriba. La luz está encendida. El hueco justo entre la puerta y la mampara y quizás no me haya golpeado, porque no veo sangre. La ciudad asolada por un seísmo cruel. Sin víctimas mortales, pero con daños materiales dentro de mí. En unos minutos comenzará la reconstrucción; lo sé. Estos fundidos me han acompañado siempre. Desde que tengo consciencia en aquel otro mundo que brillaba en papeles pintados, katiuskas y chamarras de borreguito. El aviso es repentino, no deja mucho margen. El suficiente para echarse a tierra antes de que caiga la cortina, el fundido a negro. En este teatro invertido simplemente tienes el tiempo justo de colocarte tras el telón para comenzar la función, que más tarde entiendes ha sido un ensayo general. El terror lo sientes de forma inmediata durante esos segundos previos, pero lo vives con amarga intensidad después, en el recuerdo que te regala la consciencia. La inconsciencia de la consciencia, el miedo en dos tiempos, el después cuando quizás no haya después. El negro, el gris, el rojo.

 

jans

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