(31) Infierno naranja

Las equis en los calendarios inducían pensamientos automáticos que avivaban la hoguera del temor a lo próximo. En esta época se le venía siempre el recuerdo de la lejana enfermera de la que únicamente recordaba el pelo blanco y la sonrisa de abuela; abuela-traicionera. De igual forma sufría ahora con adelanto, lo presentía, ensayándolo en su cabeza una y otra vez. Y de la misma forma que aquel pinchazo atravesaba una nalga de niño, el momento llegó.

 

Se podía decir que a Luis le gustaba el trabajo. De hecho, se podría decir que a Luis le salvaba el trabajo. Le permitía vivir a su manera, tener un piso como cuarto en el que domar monstruos de armario. Sobrevivir a salvo de todos esos otros. Jornada nocturna anual, sin cambios. Esa fue su elección, sencilla y directa, la única que podía tomar. Lo que para otros suponía el aburrimiento y las mil y una ecuaciones para vencerlo, en su caso representaba el placer de mirar durante horas el coro de pantallas que en su estatismo parecían anunciar movimiento. No para Luis. Lo importante es que no hubiese movimiento alguno, que las figuras del belén formado por el cuadro de monitores permaneciesen en su estado original. Se le daba bien. Claro que, en la soledad del tiempo que vencer practicaba mediante el Mahjong. Accedía a diario a una página gratuita en la que descubrir piezas; un par y luego otro par, sin fin. Conforme los niveles se complicaban los detalles en las piezas eran mucho más sutiles. Los ojos hinchados y enrojecidos batían marcas con facilidad. Se le daba realmente bien. Con las cámaras ya a su merced en la jornada naciente, fijaba en su cabeza la imagen del todo y sus partes. Era tan simple como mantener el cuadro, sin cambios. Se lo tomaba muy en serio, tanto que, en casi veinte años no había tenido un solo incidente en su guardia, ningún tachón. Muriendo el turno juntaba pixels por última vez, ya relleno el parte, sintiendo la satisfacción del lienzo culminado.

 

El primer año, llamaron a aquel joven; alarmados. Insistían en algo que no terminaba de entender. Pero parecía una cuestión de ley, algo que no se podía negociar, como el uniforme, la máquina de fichar y el número de cuenta en el que ingresarle la nómina. Un trámite legal que aceptar y cumplir por mucho que le afectase con una intensidad que nadie podría comprender. Decidió acumularlas y desde entonces siempre las afrontaba de golpe. Veintidós días de libertad impuesta que le sabían al Frenadol que su tía se empeñaba en darle cuando estaba enfermo, de la misma manera que insistió en que comiese cuando se negó a hacerlo. Una y otra vez, todo paciencia y cariño, ya a su cargo de forma indefinida. Entonces revolvía el contenido del vaso para quitar los grumos y cerrando los ojos, se tomaba de trago aquel infierno naranja.

 

En los otros once meses Luis salía lo justo. Exactitud en los fichajes y de camino a casa, comprar lo necesario para vivir. Dormía de mañana, más bien mal-dormía, pero no al llegar, primero jugaba un rato, acalorado por el reciente lecho de pantallas. Llamaría la atención de cualquiera el ligero e importante detalle de la ausencia de televisor, pero es que no lo soportaba. Se decantaba sin saberlo: vivir para trabajar. El resto del tiempo permanecía en la cueva-hogar tomando y mirando fotos. La cueva-torre surgía de la roca hasta el piso trece, muy por encima de los otros bloques y de gentes, de la vida de esos otros. Teléfono que rara vez habla o escribe; ejerce de cámara de revelado rápido. Misma ventana, misma postura. Si creía haber descubierto una imagen de horizonte correcto, lo suficientemente estático, retenía enfoque y hora, para disparar copias y copias. Negándose las estaciones era complicado mantener la misma estampa y pasados unos días, se veía obligado a buscar una nueva. Odiaba las ilusiones ópticas, los trampantojos, el disfraz. El crimen de parecer una cosa y ser otra. La realidad en su versión pasmada era la pureza y todos esos otros no hacían sino manchar la madera brillante con el polvo levantado por sus movimientos.

 

Pero en esta época, sumido en el infierno naranja, las horas son veinticuatro. Veinticuatro horas-años que llenar de algo. Cierra los ojos queriendo dormir y despertarse en otro mes, en otra página. La calidez de la cueva-búnker acogedora en la tormenta se vuelve prisión conforme pasan los minutos y los días. No hay viaje, y de tener equipaje lo llenaría de parejas de fichas e instantáneas de horizontes, no necesita más, pero dopado de soledad sufre sin sus monitores y el poquito de dignidad que le regalan. Sale por la necesidad de alimento y algunas cosas básicas, o porque quizás necesite abandonar la cueva-cárcel. Es en el infierno naranja cuando Luis se plantea estas cuestiones. En realidad, cuando se plantea cuestiones, cualquier cuestión o el conjunto de ellas, las importantes, las esenciales, las inservibles; como el pasado. Habitualmente procura no pensar demasiado, sobre todo en sus guardias, con algo mucho más importante que hacer.

 

Se encuentra parado frente a un semáforo, ese engendro de luces cambiantes que anteceden al horror de todos esos otros cruzando de lado a lado la calle y sus vidas. Desvía la mirada del maldito trilero parpadeante y desde su derecha, al fondo de la larga vía, un coche igual de largo y negro avanza a gran velocidad. Entiende que la irá reduciendo conforme se acerque al semáforo. O no. Todos esos otros y sus coches, la interpretación del naranja y su capacidad de correr; nunca volar.

 

Aletargado por la espera y horrorizado por el flujo en el panal no ve venir la aguja de la memoria clavándose en sus sienes. Aquella tarde miraba el horizonte desde la ventana; llovía. Estaba enfermo y sus padres lo habían dejado con las prisas de siempre en aquella casa, donde las vistas habían evolucionado del vértigo a la fascinación. Sonó el teléfono y su tía acudió a cogerlo. Nunca podrá olvidar el aspecto de la mujer sentada en la silla junto a la mesa camilla, removiendo los faldones de una bata raída que distraía la mirada perdida en el suelo. El rostro viró sin avisar encarando el de Luis, la mano dejó de jugar quedando en una ridícula pose aérea y floja, los ojos anochecieron. Fue pocos minutos después cuando su tía trató de contárselo.

 

jans

 

 

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