(32) Lienzo de trazos paralelos

23 de septiembre de 2070

― ¿Qué hacemos con todo esto, señor?

La mirada interrogativa del transportista espera respuesta. Claro que, a mi edad, cada vez tardo más en ofrecerlas. Mi capacidad de reacción es lenta, limitada mi movilidad. Sin embargo, puedo decir que tengo relativa buena salud. Algunos de mis órganos defectuosos fueron sustituidos por otros sintéticos y funcionales, generados por impresora.

― Meta los cuadros y las pinturas junto con lo demás, no importa.

Yusuke Takeda. Mi nombre garabateado a rotulador en las cajas. Se llevan todas mis cosas a una especie de camarote en la planta baja del lugar donde pasaré la última etapa de mi vida. Bloques donde viven ancianos de forma independiente, pero asistida. Pisos pequeños con mecanismos para levantarnos o movernos; tecnología para controlar y vigilar nuestras constantes. Hay personal que pasa una vez al día y salas donde reunirse, ver series, navegar por internet, o simplemente mirar por la ventana.

Las autoridades consideran que es buen momento para trasladar el bulto que represento.  Allí donde se supone que reina la dignidad y sosiego para que la vela pueda apagarse. Es curioso que me haya tocado pasar un día tan relevante en medio de una mudanza, pero así ha coincidido. Hoy cumplo cien años.

Lo que siento es una tristeza contenida, casi ajena. Es mi muerte vista desde fuera. Los cinco minutos extra de televisión que conceden a un niño antes de acostarse. He pasado toda mi vida entre olores y manchas de pintura; inevitable que duela. Pero allí lo tienen todo preparado para llenar el día de actividades dirigidas y la pintura es algo que mancha; en vías de obsolescencia.

Envuelven ese lienzo, el último que pinté. Una anciana sentada en el banco de una estación de metro. Espera la llegada de brazos cruzados y rostro hacia el túnel. Tiene el escaso cabello completamente blanco. Ya no recuerdo la razón por la que mi obra ha girado siempre en torno a una escena sencilla protagonizada por una mujer. Al comienzo eran jóvenes, después mujeres maduras. Se podría decir que he llevado a esa mujer icónica por paisajes diversos en el costumbrismo de sus vivencias.

Anoche soñé con un cuerpo desnudo entre sábanas de color malva. La postura marcaba la espina dorsal de aquella espalda. Me acerqué y respiré su intensa fragancia. El roce de mis labios gateaba por el cuello sin trabas. La procesión de un sutil reguero de hormigas de vello que partía desde el nacimiento hacia los hombros. He despertado por la llamada en el plasma y el pitido del cacharro que llevo puesto. Sonreía en la pantalla una agradable joven también morena y de pelo corto. Me he sentido como un viejo verde. La doctora me preguntaba si todo iba bien y no he sabido qué decirle.

 

Recuerdos a la carta

Yomiuri Online. Redacción. 5 de mayo de 2030, 17:50

La batalla sin tregua contra las enfermedades degenerativas no tiene vuelta atrás. En las últimas décadas se han dado pasos relevantes en el tratamiento de enfermos de Alzheimer, Parkinson, incluso en la esclerosis. En paralelo se intenta investigar las causas que llevan a las células a ese nivel de degradación. No han sido pocos los avances, pero la sensación en la calle es de lentitud; impotencia. Se estima que en un par de décadas la esperanza de vida superará la centena. Pero el cerebro y la memoria siguen siendo una dura cumbre para los especialistas.

Una empresa de Osaka, Re-Mind, ha traído un aporte fresco paralelo: la posibilidad de retener recuerdos a la carta. Sí, parece increíble. Llevan años de investigaciones y pruebas. El producto ya está aquí, esperemos que para quedarse. Se trata de un microchip en el que una persona puede almacenar una serie de información seleccionada de forma precisa. La capacidad podría ser muy superior a los 4KB de datos actuales, pero es por ahora la que el cerebro puede gestionar. Este dispositivo de 2 milímetros cuadrados se implanta en la corteza prefrontal y se ha demostrado, siempre según Re-Mind, que estos datos perduran a lo largo del tiempo, mientras el resto tiende a desaparecer.

Según Koichiro Makita, CEO de la empresa: “los clientes podrán elegir qué preservar de cara al futuro”. Nombres, fechas, sucesos, gustos; cualquier cosa. “Los años pasarán y habrá mucho en nuestro interior que se perderá. Pero la esencia de lo que somos, de lo que hayamos querido guardar años antes, se mantendrá”. Makita desvela que investigan en otra línea que tienen muy avanzada. Se trata de una técnica de escaneado del cosmos cerebral en 3D que permite identificar minúsculas zonas del cerebro donde se pueden haber quedado almacenados recuerdos dolorosos. “Mediante un láser totalmente seguro, se inhibe la zona detectada. Esto hace que, la conexión neuronal con el dolor asociado sea inviable. Siempre y cuando así lo desee el cliente, esa evocación quedará ofuscada por una niebla que disipará lo doloroso que conlleva”. Se estudia esta segunda vía para casos traumáticos severos, catástrofes, etc. Leer +

 

19 de marzo de 2005

― Yusuke, ¿vienes a cenar?

― Enseguida voy, Shizue.

La puerta quedó abierta y por la rendija se coló el sonido del televisor en el salón. “Los actos del décimo aniversario del atentado con gas sarín comenzarán mañana en la estación de Kasumigaseki. Un minuto de silencio en la que las autoridades acompañarán al personal de Tokyo Metro…”

Yusuke cerró de golpe la puerta. No estaba enfadado con Shizue. Tan solo quería terminar unos matices antes de dejar secar la pintura. La espuma de las olas del mar siempre le resultaba complicada. En el centro se situaba la espalda desnuda de una mujer sentada en la arena y el rostro ligeramente girado. Como si desde detrás la hubiesen llamado en ese instante.

Odiaba quedarse unos días sin pintar. Era diseñador gráfico en una empresa de informática y al día siguiente tendría que viajar por trabajo. No había conseguido dedicarse al arte, a pesar de los brotes iniciales de aceptación de su obra.

En el salón la esperaba Shizue, esa maravilla de mujer que, según el resto, tenía. Y lo cierto es que era una persona extraordinaria. De esas que se esfuerza al máximo en todo lo que hace, que destaca y consigue frutos. Incluso el estilo y la larga melena eran envidiados en los círculos que frecuentaban. Le había dado paz, la tranquilidad de una vida apacible en un matrimonio de clase media. En más de una ocasión le preguntaron si alguna vez haría un retrato de su esposa. Agradecía que ella nunca lo hubiese mencionado.

 

20 de marzo de 1995

Yusuke llevaba unas semanas preparando la exposición en la galería de una amiga de la facultad de bellas artes. En los últimos años subsistía a base de pequeños encargos y eventos en los que, de vez en cuando, algún marchante seleccionaba una de sus obras. Poca cosa.

Ella confiaba en Yusuke. Le alentaba a seguir intentándolo. Le instaba a que afrontase nuevos retos, a que dedicase horas. Decía que le apasionaba la sensación de velocidad en sus óleos. Vitalidad por fugacidad. Ella aseguraba que mirar sus cuadros producía ganas de apretar la vida. En el mundo abstracto en el que se movía Yusuke, solía escuchar muchas sandeces entre los entendidos. Pero en este concepto habían sido varios los que se habían expresado en términos similares.

Se sentía pletórico en esa época. Con ella. Por ella.

Expulsó el humo del cigarrillo escrutando el lienzo y las dos líneas horizontales que había trazado. Yusuke no conseguía descifrar por dónde seguir. Le ayudaba pensar en ella, traerla a la mente. Lo hacía a menudo, casi siempre de forma involuntaria. Esa mañana ella reptó desnuda entre las sábanas. Se había empeñado en comprarlas de color malva. Los ojos ya estaban abiertos cuando sonó el despertador. Antes de correr hacia la ducha, ella insistió en sembrar el malva de fluidos y arrugas; aromas de batalla. Los días que tenía que ir a Tokio estaba de peor humor y jugueteaba con Yusuke. Teniéndole dentro conseguía cierta calma. Odiaba tener que ir a esos lugares atestados de gentes, manchados de gris. Hablaron unos minutos con la mirada en el techo y las intenciones en un lugar lejano. Donde no hubiese metro, ni tráfico. Un pueblo pequeño que tuviera la paleta de colores ampliada. Llegar allí en un tren deliberadamente lento.

Ella entró en la ducha, pero antes le besó la nariz; siempre lo hacía. Aprovechó para acariciar la nuca desnuda de la muchacha. Adoraba su pelo. La admiró mientras se preparaba volando por la casa. En poco tiempo la disfrutó; perfecta. Ni rastro de ejecutiva a pesar del traje. La puerta se cerró. Yusuke no pudo apartar el catalejo del techo, embelesado en el mar de intenciones y pueblos lejanos que allí se reflejaban.

 

jans M.

Enero de 2019

 

Querida persona humana. Lo primero, gracias por llegar hasta aquí. De corazón.

Gracias si has seguido este humilde blog anteriormente y gracias si es la primera vez que buceas en estas aguas.

Llevo unos meses inmerso en el aprendizaje de la escritura, en la práctica diaria. Trabajando en un proyecto que me tiene muy ilusionado. Espero que algún día pueda ofrecerte novedades positivas.

Me he tomado un ligero descanso de esos personajes que me han hecho devoto de la monogamia, para escribir un pequeño relato que se me ha ocurrido. Me encantaría que fuese de tu agrado. Si lo es o no lo es, si quieres comentarlo o decirme cualquier cosa: adelante.

Espero dejar por aquí alguna cosita de vez en cuando.

Un enorme abrazo.

jans M.

 

 

2 comentarios en “(32) Lienzo de trazos paralelos

  1. ¡Muchas gracias! Es un relato que se esconde en la ciencia-ficción, pero que trata temas muy próximos en el tiempo.

  2. Gran relato que te hace reflexionar. Como seria nuestra vida si se pudieran borrar los malos recuerdos, los que nos hacen daño…?

    Enhorabuena!

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